Francisco Panera

Coincide que por la zona en la que paso gran parte de mis vacaciones, una pequeñísima localidad a los pies de la cordillera cantábrica en el norte de León, se deja caer por otro pueblo cercano, uno de mis escritores favoritos. Julio Llamazares, se llama.

Es originario de aquellos lugares, y varias veces nos hemos cruzado. Alguna vez con su coche, cuando transito en bicicleta por las “Hoces”, un desfiladero que por el sinuoso discurrir de su camino paralelo al río, recibe con total merecimiento ese nombre.

Otras, el encuentro sucedía en un bar, al que el escritor acudía a comprar prensa, a tomarse algo a media mañana, y yo, normalmente con ganas de recuperar las calorías absurdamente perdidas después de casi subir en bici el puerto de Vegarada y bajarlo, paraba en la misma tasca a olvidarme de mi fiebre deportiva, reconciliándome conmigo mismo, tomándome una caña.

O también podía ser en otros sitios por la zona, ¡que se yo!, pero todas esas coincidencias tenían algo en común: nunca me dio por comentarle nada.

No es por vergüenza, tampoco por molestar, solo que veía un poco forzada la escena.

Así que uno de esos veranos pasados, después de leer una de sus novelas, “La lluvia amarilla”, dejé el ejemplar en la guantera del coche. Me dije que como o le veía cuando andaba en bici, o también, cuando me desplazaba con el coche por las cercanías, a donde fuese, ya se daría la ocasión de entablar conversación, con la excusa de una dedicatoria.

Y ahí se quedó la novela, en la guantera del coche por unos cuantos años. Que digo que no es que dejase de encontrarme con el sujeto, solo es que cuando lo hacía, o era otra vez desde la bici, o el coche pillaba a desmano.

Pero ocurrió que finalmente el encuentro se dio, y tuvo algo de divertido.

Allá por 2013, Llamazares presentaba en la librería Elkar de la calle Licenciado Poza, en Bilbao, su última novela, Las lágrimas de San Lorenzo, y yo había acudido a la presentación con varias ideas claras.

La primera por escuchar a un escritor al que sigo, admiro por su obra y por supuesto que por aprender. Hacía un año que había publicado mi primera novela, El sueño de Akala y había que ir cogiendo tablas por si repetía experiencia en el futuro.

Otra era que aprovechando el cumpleaños de una de mis hermanas, le iba a regalar la novela dedicada por el autor.

Y otra más, que en realidad era la que más me coartaba, era obsequiar a Julio Llamazares con mi novela, el primer trabajo publicado de uno de sus lectores. Una obra que nada tiene que ver con la temática que él refleja en sus libros, ni por supuesto con el estilo que emplea. Un relato, al fin y al cabo, que quizás no fuese de su interés, ¡que se yo!

Después de ahondar en el sentido de su obra, de su última novela, después de estar él solo, hablando y hablando en aquel encuentro con su público, contando cosas interesantes sin que nadie le echase un capote, dándole pie a ir tocando distintos palos, con la ayuda de preguntas (¿qué os decía de las tablas?), llegó casi al final de la presentación, un turno de preguntas de los asistentes y ahí, no recuerdo bien como empezó, se puso a contar una anécdota que yo conocía.

Ya decía antes que habíamos coincidido bastantes veces. Sí, eso había dicho.

La cosa giraba en torno a cómo se tomaba él mismo, el asunto de ser conocido, las peticiones de dedicatorias o autógrafos inesperados. Alguien le había preguntado sobre ello, asunto que se salía claramente de los temas estrictamente literarios o novelescos, sobre los que había estado charlando.
Llamazares respondió amablemente asegurando que para nada le incomodaba el hecho en sí de atender o conversar con un desconocido “quien sí te conoce”. Lo desagradable podía surgir a veces, por la manera de ser de algunas personas.

“Esto es como cuando estás sentado en la terraza del Bar Orejas, en La Vecilla, un pueblo de León. Estás tranquilo, tomándote un café, leyendo el periódico, y se te planta al lado una señora, que termina por tirarte el café pues insiste en llevarse tu firma a cualquier precio. Donde sea. No en una dedicatoria en uno de tus libros, que podría parecer lo lógico, que va, quiere solo tu firma, por ejemplo en un trozo de página del periódico que lees.”

Digamos que he parafraseado mas o menos lo que dijo entonces el escritor, mas que por acordarme como lo hizo, porque yo había asistido casualmente a esa misma escena el verano anterior.

Fue que a la vuelta de uno de mis paseos en bici, 50 o 60 kilómetros mas o menos, (que para ser con mi vieja bicicleta de montaña, aunque ligeramente retocada para transitar cómodo por carreteras, no está mal, me parece), me detuve como suelo hacer cuando tomo esa ruta en dirección al puerto de Vegarada, rayando con Asturias, en el Bar Orejas, de La Vecilla. Desde ahí a a terminar la ruta en casa, me restan algo menos de diez kilómetros. Kilómetros que se me suelen “amontonar” después de que mi sufrido organismo se premie por el esfuerzo con una jarrita de cerveza, o si acaso, y si estoy muy tiquismiquis con la hidratación deportiva y tal, con un aquarius.

Aunque casi que igual es un poco mentira, que eso, lo del aquarius lo habré hecho dos o tres veces en mi vida. Que si no me trinco una birra me pido una coca cola, que todo ese exceso de azúcar que contiene camuflada (¿cómo lo hacen?) me sienta de cine.

Pues ahí estaba, reposando en una silla de la terraza del bar a la fresca sombra de los árboles. Que aunque en agosto por esa zona, el sol casca con fuerza, lo hace mas tarde, y ese sol de media mañana yo, aún somos amigos. Frente a mí en otra mesa, está sentado Llamazares tomando un café y ojeando un periódico.

Y yo a lo mío, a mi trago, valorando lo curioso de la situación de coincidir año tras año y por los mismos lugares con un autor al que leo y disfruto.

Él, estaba a lo suyo, y yo claro, yo no tenía a mano el libro que llevo en la guantera del coche. Igual es que me como mucho la cabeza a veces, si.

En esto que se le acerca una señora que se ha levantado desde otra mesa de la terraza.

-Hola, ¿usted es escritor?

-Hola, pues si señora.

-¡Ay!, pues écheme una firma.

-¿Cómo una firma? ¿donde?

-Que mas dará, ¡aquí mismo!

La señora, decidida, arranca un trozo de la página del periódico que el escritor estaba leyendo, y con la brusquedad  de sus movimientos del periódico, termina por derramar el café que el hombre tenía en la mesa.

Obviamente, este se mosquea. Le pregunta a la mujer, que si acaso sabe quien es él, que qué hace, que si conoce su nombre. Tiene serias dudas de ella que sepa quien es, y yo al ver la escena también. En tal caso ¿qué sentido tiene una firma?

Y si, parece claro que la mujer no tiene ni idea, ni de cómo se llama ese tipo, ni que hace. Bueno, parece que escribe, si. Debió ser, por los gestos que cruza con quien estaba sentado a su lado, que le ha dicho que aquel tipo era escritor, y ella no necesita mucho mas. Solo quiere llevarse su firma, eso le dice al autor. Y que venga, que la firma, que ahí mismo, en ese trozo de papel, que es para su hija, que lee muchos libros, y sí, que ya sabrá ella quien es.

Finalmente, Llamazares se rinde y consiente en firmarle el papelucho, pero antes de hacerlo han estado los dos un rato porfiando, porque la señora se plantaba a su lado de brazos cruzados, sin ánimo de retirarse hasta cobrar su pieza.

Regresando de nuevo a la presentación de Bilbao, me fui rezagando hasta quedar el último en la fila de los que le solicitaban una dedicatoria en su nueva novela. Cuando tocó mi turno, y después de dedicar su relato a mi hermana, se quedó mirandome con aire de duda.

-Yo, ¿te conozco?

-Nos hemos visto bastantes veces, pero nunca hemos hablado. Normalmente por el Bar Orejas, cuando paras por allí a comprar prensa o tomar algo. Te he visto alguna vez, pero es raro que tú te acuerdes, porque suelo estar con un maillot ciclista, un coulotte, casco…

-Puede ser, igual si. ¿ Y vas mucho por aquella zona?

-A una casa familiar, de veraneo, en otro pueblo.

-Yo también tengo casa por allí, y me acerco algunas veces desde Madrid.

-Ya, la cosa es que lo que has contado de la señora… fue este verano. Estaba esa mañana sentado en otra mesa de la terraza.

Llamazares asintió. Durante la exposición de aquel episodio, en dos o tres ocasiones cruzamos la mirada, y me parecía tan extraño que reparase en aquello, que me dio por pensar “este me ha conocido”.

Supongo que todo fue una casualidad.

Pero bueno, ya a la hora de marcharme eché mano de un bolso y saqué una novela que llevaba expresamente para la ocasión.

-Verás, además de leerte y disfrutar con tus novelas, (algo así diría…) yo también escribo. El año pasado publiqué una novela y si te parece quería regalártela.

Luego le expliqué un poco su argumento, me dio las gracias y dijo que la leería.

-Veremos si es de tu gusto. En realidad no tiene nada que ver con lo que haces.

-Eso da igual, yo leo de todo.

Después nos despedimos, deseándonos suerte.

La cosa podía haber quedado ahí. De hecho se había quedado ahí, porque aunque seguí viéndole los años siguientes, ya no era en los veranos en aquel bar, que había cerrado, si no de pasada cuando nos cruzábamos, él en su coche y yo en mi bici, por aquella estrecha y serpenteante carretera.

A todo esto, he de decir que no es que conociese su coche, era simplemente que reconocía la cara del conductor. Puede ser porque pasan pocos coches por la zona, o puede ser, que de nuevo se trate de casualidades.

Y decía que el asunto se había quedado ahí… hasta hace justo una semana.

Y ahora me arranco con otra historia, que aunque parezca que nada tiene que ver, puede que a su discurrir, sí que lo tenga.

Las vacaciones de este verano ya se me habían acabado, pero aún me quedaban cuatro días por disfrutar a primeros de septiembre.

La semana pasada, en compañía del menor de mis hijos, subí hasta un paraje, en la vertiente sur de la cordillera cantábrica, donde se alzan los primeros montes que le dan forma de cadena montañosa. Caminamos hasta unos peñascos que por la zona llaman Peña Morquera.

Ascensión por una senda bien empinada, para alcanzar un collado que da paso a otros espacios, valles maravillosos, escondidos y ante los que siempre, me es imposible serenar el ansia por capturarlos en fotos primero, y en clavármelos en las retinas después, sin prisa por seguir con la marcha.

Vegas del río Curueño, desde el collado de Peña Morquera, León.

Valdorria y Pico Valdorria, desde el collado de Peña Morquera, León.

Pero no era ese día el paisaje el objeto de la marcha. Peña Morquera, alberga un conjunto de trincheras, parapetos, bunkers excavados en la roca, y otras defensas, que sirvieron desde el verano de 1936 hasta bien entrado el otoño de 1937, para frenar el avance de las tropas fascistas, en su empeño por invadir el norte peninsular.

Si, la guerra civil ha dejado muchas huellas aún visibles en muchos lugares y también lo hizo a lo largo de toda la cordillera cantábrica. Las montañas, al menos en las guerras de antes, eran una buena defensa natural u obstáculo, según desde la trinchera en que uno se resguardase.

Esas mismas montañas fueron barrera para los romanos, en su afán de someter a astures y cántabros. Asunto que finalmente solventó Roma tras una ardua lucha de mas de diez años.

 

Lo fueron en el siglo VIII para los musulmanes, pero estos no lograron rebasarlas y asentarse en el cantábrico.

Y también fueron escenario de combate en el siglo XX. Pero aquello fue una guerra civil, y una guerra así es diferente, muy diferente. Como también era diferente la correlación de fuerzas, cuando por un lado, avanza un ejército regular, y por otro, son milicias, la gente de los pueblos de la comarca, las que lo intentan frenar. Una lucha más similar a aquella lejana de astures y romanos.

Llegamos hasta los primeros parapetos, saltamos sobre la serpenteante trinchera, que aunque está bastante cubierta de piedras, es perfectamente reconocible. Y así, poniendo pie en aquellas defensas, miraba de vez en cuando hacia lo hondo del valle, desde la misma posición en la que ochenta y pico años atrás, los milicianos aguardaban a las hordas que venían a arrasar con su exigua libertad, recreando en mi imaginación cómo podría haber sido aquello.

 

 

Una vida dura en las trincheras. Sometidos al calor, al frío, a las enfermedades, al miedo… a la muerte y al finalmente, al olvido.

Después, ya de vuelta, mientras bajábamos, iba comentándole a mi hijo, mis impresiones sobre aquello, sobre aquella lucha heroica de gente como nosotros. Eso le decía, que eran como nosotros, que viendo lo que iba a ocurrir, se echaron a aquellos montes a defender el puñado de libertad que habían conseguido arañar a lo largo de tanta lucha.

Y que perdieron, y que los mataron. Y que quien no murió, sufrió cárcel o hubo de huir. Y que aún hoy, siguen sin ser honrados con dignidad.

Seguíamos bajando cuando me puse a contarle, que precisamente por aquellos montes, un escritor de la zona, muy famoso y reconocido que se llama Julio Llamazares, ambientó una novela fantástica, que relata la lucha y vivencias de aquellos tipos que una vez acabada la guerra, se negaron a rendirse ante el fascismo.

Luna de lobos, se llama y ha resultado ser, una novela a la que recurro en ocasiones para regalar. Por cierto, concederos el regalo de leerla alguna vez. Es muy buena.

-Y ese escritor, le decía, tiene precisamente una casa por este pueblo.

Y es que ya habíamos llegado al pueblo que está bajo el monte. Caminábamos por una calle alargada, por entre casas cerradas. Casas a la espera de la llegada de otro verano, resignadas a invernar tras el paso de agosto.

Caminábamos y ni un alma, no había nadie, solo nos seguía la ira del sol, que ahora que ya rondaríamos las dos de la tarde, se ensañaba con nosotros. Llegados  esta situación, el astro y yo ya no somos amigos.

Y no había nadie, hasta que casi llegamos a donde tenía aparcado mi coche, al final de aquella calle, que no era otra cosa que la carretera que cruza el pueblo. Allí sí que nos topamos con presencia humana. Se trataba de un transportista que salía de una casa y se montaba en su camioneta. Justo al pasar esta por delante nuestro y dejar al descubierto la entrada de la casa de la que había salido, apareció la figura del escritor.

-¡Mira! -le dije a mi chaval discreto- ese es quien escribió el libro del que te venía hablando.

-Pero ¡qué dices!

¿Y qué le iba a decir? ¿que otra casualidad? Mejor no decir nada. Al final, igual todo se traduce en un cálculo de probabilidades, y cuando está de que coinciden, pues coinciden.

Antes de que se volviese para el interior de la vivienda, me dirigí a él.

-Julio, ¿tienes un momento? Solo quería saludarte.

Vale, no soy muy original, pero vamos, encuéntrate tú eso de repente cuando bajas del monte, cansado, sudoroso, fatigado… a ver como le entras.

-Nos conocimos hace unos años en Bilbao, en la presentación de Las Lágrimas de san Lorenzo.

-Ah, vaya, pues…

Vamos, lo normal, el hombre ni idea de lo que le contaba, ¡como para acordarse!

-Si, aquel día le regalé una novela. Mi primera novela en realidad.

Ahora parecía que se le aclaraban un poco las ideas, o igual se le enturbiaban más.

-Una novela dices… ¿cómo se llamaba?

El sueño de Akala. Novela histórica, ambientada en…

-¿De romanos, de un castro? De un caudillo cántabro…

¡Joder Llamazares, casi te llevas el bote! No era cántabro, era autrigón, (tribu aquí, tribu allá… que mas dará).

-Si, eso es.

-Ah, pues la leí si, la tengo en mi casa de Madrid, y me gustó, si, me gustó. ¿Y has escrito mas?

-Dos más.

-¿Del mismo estilo, históricas?

-Si.

Pasamos un breve rato comentando alguna cosilla sobre esas novelas. Luego de que veníamos de Peña Morquera y él nos decía que allí había ambientado parte de Luna de Lobos.

-¿Entrasteis al búnker? ¿Os asomasteis por el ventanuco que da al valle?

Detalles simples en apariencia, pero que para un autor, tienen valor.

-Si, si hemos estado recorriendo todo aquello.

-Me comentabas que veraneabas por…

Si, algo se debía de acordar de cuando hablamos unos años atrás en aquella librería, porque le conté que pasaba temporadas de vacaciones por la zona, y hablamos de aquello, de los pueblos. Del proyecto devastador de Red Eléctrica Española que entonces amenazaba con levantar una línea de alta tensión que destruiría gran parte de aquellos parajes. Proyecto que no iba a aportar ni un solo euro a la zona y que finalmente lograron detener, en una lucha que parecía condenada al fracaso. Pelea de la que entre las asociaciones que se crearon para parar aquello, sobresalieron algunas cabezas conocidas, como la de él mismo y también otra célebre escritora que también se premia con temporadas por otro de aquellos pueblos. Hablo de Ángeles Caso.

La cosa es que ya estaba a punto de marchar, cuando me dice que espere.

Se acerca hasta un coche aparcado al lado de su casa, rebusca algo por el maletero y vuelve con un libro que me regala.

Se trata de su novela de viajes “Tras os montes” (1998) y ahora me viene a la memoria otra. Una que aún sigue en la guantera de mi coche, y esta vez sí, mi coche está casi al lado.

Pero ya con su obsequio en mis manos, no le digo nada.

E igual que sucedió unos años atrás, nos despedimos estrechándonos la mano y deseándonos suerte.

Montamos en el coche mientras él, se acerca a casa de una vecina, a departir con la anciana en su puerta.

Arranco y nos vamos.

Hace calor y estamos sudados. Necesitamos buscar un bar para tomar un refresco, una cerveza. Ya vale de agua, que además se ha quedado caliente en la mochila.

Al enfilar la carretera el descenso hasta el fondo del valle, lanzo una mirada a lo alto, hacia las peñas donde sé que está ese búnker, ese ventanuco. Luego de reojo miro la guantera. Dentro hay un libro, que espera el momento que su autor me lo dedique.

Por lo visto, no ha llegado todavía.

El jueves 13 de junio, a eso de las ocho de la tarde, tendré el gusto de participar en la entrega de premios del «II Concurso de cuentos breves»  que organiza la Asociación de vecinos Basozelai,  en el salón de actos del Centro cívico de Basozelai / Basozelai gizarte etxea, en Basauri

Al la par que el acto, tendrá lugar una charla literaria que, mas que enfocarla cómo últimamente hago, hacía mi última obra publicada, irá en la línea de intentar transmitir qué supone, qué se experimenta o qué podemos encontrar en la escritura.

Pura subjetividad, es cierto pero ¿es acaso otra cosa la escritura?

Los próximo días 8 y 9 de junio (sábado y domingo) vuelvo a la feria del libro de Bilbao y estaré  de 18 a 21 horas, dedicando ejemplares de mis novelas en el estand que Elkar monta en el paseo del Arenal.

Todo un placer poder acudir a otra edición de la feria, con una criatura literaria nueva bajo el brazo, que «Siete cuerdas» regresa a parte de los escenarios en los que se desarrolla su trama.

Aquí, dedicando un ejemplar anterior a una lectora en alguna edición pasada

 

 

 

 

 

 

 

 

La primera vez que me topé con el término “Tierra desafecta” fue durante el proceso de documentación de mi segunda novela “Mentir es encender fuego” (Nova Casa Editorial, 2015).
Por poner un poco en antecedentes, se trataba de la manera con la que algunos historiadores y cronistas se referían al territorio vasco, para con aquellos que pretendían desnaturalizarlo confiriéndole un estatus diferente.

Dependiendo de la fuente a consultar, había casos que era empleado con cierto reproche, y otros en cambio, con pretendida parcialidad. Siendo por estos últimos, por los que decidí incluir la expresión tal cual en algún pasaje de la novela.

Bueno, quizá también porque encajaba adecuadamente al respecto de lo que parte de los personajes, (unos tipos al frente de unas hordas que bajo el reinado de Alfonso III, se disponían a saquear la Bizkaia medieval, en una campaña de castigo), comentaban de los sentimientos de los expoliados respecto a ellos mismos, engañándose a no querer reconocer las causas que podrían despertar su animadversión.

Quizá por buscar algún sinónimo al término, vienen de primeras a mi mente palabras como hostil, como enemigo… pero no serían adecuadas, pues estas expresiones implican un inequívoco grado de hostilidad, de beligerancia, y algo calificado como desafecto no parece llegar a tal punto, aunque no niego que se sitúa en el paso previo a serlo.

Sobre la palabra, el diccionario muestra acepciones muy similares. Por un lado “que no siente estima por algo o muestra hacia ello desvío o indiferencia”.O términos como “opuesto, contrario y malquerencia».

Así que hace pocos días, tras las dos últimas citas electorales, ha vuelto de nuevo la expresión a mi cabeza, al reconocer en los resultados de las votaciones, lo desafecto de una tierra, para con otra horda.
Tal cual apariciones marianas, se materializan los inquisidores de las tres voces de la derecha cavernaria, para dar lecciones de civismo o democracia a los autóctonos, en los lugares mas insospechados de un terruño que sí, que desde hace mucho les es desafecto. A ellos y a lo que representan.

La horda sabe que poco o nada pescará en estos lugares, pues el botín del pretendido expolio, que no es otro que miles de papeletas de votos, lo obtendrá lejos, lejos de los desafectos vascos, y últimamente, también de los desafectos catalanes.

Se trata de campear por terrenos baldíos para su discurso, de porfiar por disputas que les premien con ser cabecera de los noticieros, de provocar enfrentamiento aunque sea a costa de sembrar odio. Pues es el odio, una planta que arraiga fuerte, creciendo rápida y lozana, proveyendo de abundantes frutos a su cuidador. Otra cosa es el efecto tóxico en la digestión de tan amarga cosecha, lo mismo en quien la cultiva como en sus adversarios.

Y a pesar de que observo preocupado, como logran su propósito en otros lugares, (ya lo siento por aquellos que allá, habrán de capear contra semejante temporal), me recreo en la complacencia de aquel que constata que ese chirriante terceto de bocina, pandereta y bombo, no es capaz de obtener representación parlamentaria. Alguno del trío ni una concejalía en ninguna localidad, y ya no hablemos de alcaldías o de tener algo de peso en la política local. Aspecto este, que lamentablemente no les retraerá de seguir hostigando, independientemente de donde se encuentren.
Son viejos conocidos, herederos ideológicos de un triste pasado, motivo por el que se estampan contra la realidad de una tierra, que a ellos, al igual que a aquellas huestes de Alfonso III en una novela, y por decirlo suave, les sigue siendo desafecta.

En las últimas fechas, dos barcos con cierto renombre, han fondeado en el puerto de Bilbao.

Uno ha sido el Aita Mari, un pesquero de Getaria transformado en buque de rescate. Esta embarcación y su tripulación aguardan desde hace semanas, a que el gobierno español les autorice a dirigirse al mar mediterráneo a salvar vidas, y no se lo permiten. Europa prefiere que el problema de la emigración, desaparezca al ritmo que lo hacen los emigrantes al ahogarse en el mar.

Esgrime el gobierno, excusas ridículas para impedirles cumplir con algo tan honesto y digno, como ir a salvar vidas, y no, no puedo con algo así.

El otro barco al que me voy a referir, llegó después de que el Aita Marí se hiciese a la mar, buscando otros puertos donde seguir difundiendo el fin para el que ha sido creado. Días antes, un destacado político de la extrema derecha española, ya le daba la bienvenida nada menos que a Getxo (Gipuzkoa) ¡como lo leeis! Que no es que el chico de «a master regalado no le mires el diente» tenga un lapsus, que podría, es que el entusiasmo que henchía sus venas por ver atracar en el puerto de una tierra tan desafecta, al buque insignia de su ejército, (ese mismo que desde hace varios siglos solo gana guerras cuando se enfrenta a población civil o milicias populares) pudo jugarle una mala pasada y equivocarse… aunque seguro que nunca tanto como para escribir esos topónimos con la grafía que he empleado.

La cosa es que la estancia de un par de días del portaaviones, alentó no se si a cinco mil, o diez mil… (los que fuesen) animados domingueros, que hicieron largas colas para visitar el navío. Se lo pasaron chupi.

Yo entiendo que puede llamar la atención un barco tan grande, los cazas en la cubierta, los vehículos blindados en las bodegas… y los soldados vestidos tal cual si fuesen marines, ¡joder, como en las pelis! Sobre todo a una juventud a la que no le han llegado a calar los valores antimilitaristas de los que hasta hace unos años, eran multitudes los jóvenes que los secundaban. Quizá creíamos que aquellas buenas intenciones habían echado sólidas raíces en la sociedad,  y posiblemente estuviésemos equivocados. Será esta una pelea que no cese, por eso nos viene bien el aviso.

Pero por sintetizar: uno de los barcos tiene como objetivo salvar vidas y el otro es una colosal máquina de guerra.

Uno lleva el nombre de Aita Mari, un patrón de barco guipuzcoano, que en el siglo XIX alcanzó fama por salvar a muchos náufragos o pescadores que eran sorprendidos por tormentas en el mar, hasta que finalmente el océano, se cobró su vida.

Es curioso, hasta en el nombre de los buques, el pequeño pesquero salvavidas, arrolla en dignidad al del militar. Pues no van y le llaman al portaaviones «El campechano», bueno vale, Juan Carlos I, que viene a ser lo mismo, pero en coloquial.

Llegado a este punto, sobran las comparaciones y vuelvo a lo que quería contar, que me pierdo y ya se que he comenzado sacudiendo, ¡pero es que lo ponen a huevo! Y lo que quería contar, tiene relación directa con barcos de rescate, como el Aita Mari, y las historias, las miles de historias tristes (porque lo son), que hay detrás de los cadáveres hinchados de los ahogados.

Leía hace un rato en un artículo publicado hace unos meses, artículo del que os dejo el enlace al final, un par de historias que me tocaron la fibra. Después de hacerlo, me vino a la cabeza la injusticia de que no dejen dirigirse al Aita Mari a salvar gente.

Y porque mi cabeza para algunas cosas, enlaza con otras a lo simple, a lo básico, por eso reviví el hastío que me produjo la llegada del infame portaaviones. Esto si que me gusta como ha quedado… ¡infame! porque como toda máquina de guerra, lo es.

En fin, copio y pego la reseña sobre el cadáver de un chico ahogado en el mediterráneo de unos 14 años, que llevaba cosidas a la ropa, sus notas escolares. El chaval creía que cuando viesen en europa que era muy buen estudiante, le recibirían con amabilidad.

Había nacido en Malí hace 14 años y era un buen estudiante. No contaba con un visado que le permitiera entrar en Europa, pero estaba convencido de que su mejor salvoconducto iba a ser su boletín de notas. Cuando los europeos comprobaran cuánto se había esforzado en matemáticas y lo bien que se le daba la física, tal vez le dejaran quedarse con ellos y emprender una nueva vida en el Viejo Continente. Un sueño lejos de la miseria de casa. Para evitar perder el expediente durante los más de 3.000 kilómetros que le quedaban de viaje o que se lo robaran los ladrones y traficantes, el muchacho lo escondió en un bolsillo secreto que cosió a su chaqueta. Ahí permanecería hasta que llegara la hora de sacarlo a la luz con cierto orgullo delante de un funcionario encargado de inmigración. Le haría ver que él era un chico trabajador y serio, digno de que se fiaran de él y de que le dieran una oportunidad en la tierra de los ricos.

No fue ningún policía quien encontró el boletín. Lo halló la médico forense y antropóloga italiana Cristina Cattaneo cuando, con su equipo del Laboratorio de Antropología y Odontología Forense de Milán (Labanof), realizó las autopsias a los inmigrantes que fallecieron en la barcaza naufragada el 18 de abril de 2015 en el Canal de Sicilia. Más de mil personas murieron en aquel desastre. Es una estimación según el testimonio de los supervivientes, pero nunca se sabrá el número real de desaparecidos. Entre los 528 cuerpos sin vida que Cattaneo y sus colaboradores examinaron cuando las autoridades italianas consiguieron sacar del agua la barcaza naufragada, estaba el del adolescente de Malí.

«Aquel día todos nos quedamos impresionados por un cadáver en particular. Se notaba que pesaba menos que el resto. Cuando abrimos el saco mortuorio vimos que se trataba de un cuerpo cuyas articulaciones casi se habían convertido ya en un esqueleto. Estaba vestido con chaqueta, chaleco, camisa y pantalones vaqueros», cuenta la forense en ‘Naufraghi senza volto. Dare un nome alle vittime del Mediterraneo’ (Naúfragos sin rostro. Dar un nombre a las víctimas del Mediterráneo), el libro recién publicado en Italia por Raffaello Cortina Editore.

La antropóloga cuenta en el volumen el trabajo que lleva desarrollando desde 2013 para tratar de recuperar la identidad de los inmigrantes y refugiados ahogados en el Canal de Sicilia y dar así una dignidad a los muertos. Es una labor de investigación científica y documental en la que tienen tanta importancia los restos humanos como los objetos y documentos que encuentran con los fallecidos. Hay dinero, auriculares, carnés de la biblioteca o que acreditan como donante de sangre, teléfonos, fotografías de novias o esposas… Incluso un boletín de notas, como el de aquel chico de Malí que supieron que tenía unos 14 años gracias al desarrollo de sus huesos.

«Empezamos a desvestirlo. Mientras palpaba la chaqueta, sentí algo duro y cuadrado. Lo cortamos desde dentro para recuperarlo sin dañarlo. Me encontré entre las manos con un pequeño haz de papeles con varios estratos. Traté de separarlos sin que se rompieran y luego leí: ‘Boletín escolar’. En una columna, con las palabras un poco descoloridas, estaba escrito: matemáticas, ciencias físicas…». La forense se quedó tan sorprendida como los otros miembros del equipo al darse cuenta de que tenían frente a ellos el expediente, escrito en francés y en árabe, de un muchacho de educación secundaria. «Pensamos todos lo mismo, estoy segura: ¿qué expectativas tenía este joven adolescente de Malí para esconder con tanto cuidado un documento precioso para su futuro, que mostraba sus esfuerzos, su capacidad de estudio? ¿Pensaba que le habría abierto quién sabe qué puerta de una escuela italiana o europea?». De aquella ilusión sólo quedaba un cuerpo sin vida y un puñado de papeles descoloridos por el agua del Mediterráneo.

Mas adelante, en el artículo cuentan que otros cuerpos, aparecen también con bolsitas cosidas a la ropa, pequeñas bolsas de tela que contienen tierra de sus pueblos, de sus hogares. Esto me hizo reparar sobre algo que hago a veces. No es comparable, lo sé, pero de seguido me acordé de que yo también me aferro en ocasiones a cosas. En este caso a piedras, a pequeños guijarros que recojo del fondo de un río al final de mis vacaciones.

Por suerte para mí, no he tenido que emigrar nunca, así que si me voy de casa o de mi tierra, suele ser por un periodo no muy largo, y me pasa que desde crío he establecido un vínculo muy, pero que muy personal con un río lejano y el entorno de naturaleza por el que discurre.

Es así que cuando me estoy dando el último baño del verano en sus frescas aguas, me sumerjo hasta el fondo, y de allí recojo una piedra, no mucho mas grande que una nuez. Una piedra de río bonita, con algún brillo curioso, o veta vistosa que la cruce. Salgo del agua con ella y viene conmigo, pasamos el invierno juntos. Unas veces enreda por un cajón, otras por entre la guantera del coche, otras por entre los libros de mi biblioteca… y al llegar el siguiente verano, vuelve al lecho del río con el primer baño.

Bien, reconozco que en todo esto hay una parte de gilipollez, pero soy aficionado a enaltecer unas cuantas clases de ellas. A lo que voy es a que seguramente, yo sería como ellos. Me llevaría un poco de tierra de mi huerta si tuviese, o una piedra de un río, para en el futuro próspero y de duro trabajo que me esperase, deleitarme alguna vez ensuciando mis dedos con esa tierra, o pasando de una mano a otra ese guijarro, calentándolo entre mis manos y después percibir el tacto suave y templado de la superficie lisa de la piedra al pasarla por mi cara.

Y si hubiese sido un buen estudiante, que nunca lo fui, también llevaría la prueba de mi trabajo en la escuela cosida a mis ropas. Que con catorce años, iba a ser capaz de demostrar a cualquiera que soy un tipo trabajador, y que a nadie le perjudicaría tenerme de vecino, de compañero o de amigo.

Dos barcos famosos estuvieron estos días en Bilbao. Uno navega ya por los océanos, librando batallas imaginarias, entrenando para hipotéticas guerras futuras y que lo naturalicen en el medio para el que fue construido.

El otro, el barco pequeño, permanece amarrado a un puerto. Este es el peligroso para los gobiernos de europa.

https://www.ideal.es/sociedad/rescate-identidad-20190120003629-ntvo.html

Venía en el coche escuchando las noticias, y cuando se pusieron a hablar de las tres mujeres que han sido asesinadas por sus parejas en poco mas de 24 horas, este fin de semana, me vino a la cabeza un caso que por una tercera persona conocí hace tiempo.
Lo primero que pensé, es en el miedo que sentirá ella al escuchar estas mismas noticias, porque ella, la protagonista de esta historia, vive amenazada.
Está divorciada y a esa situación llegó, como les pasa a muchas, tras un largo camino en el que fue dejando cosas muy importantes de su vida a lo largo de una dura travesía.
Ella perdió a sus amistades y arruinó el contacto con su familia. Ocurre que muchos de estos maltratadores, son grandes manipuladores también, y lo primero que hacen para manejar a sus víctimas a placer, es anular el entorno social de su pareja.

Lo hacen de tal manera que a ojos de terceros, suele parecer que es ella quien va alejándose de su gente, cuando en realidad no hace mas que seguir las pautas que su pareja, directa o indirectamente le va marcando.

Igual aquí reside la clave, el punto de inflexión para cortar de forma definitiva con una relación tóxica. Seguir avanzando, escudándonos en un falso amor o cariño, puede conducir como veremos, a territorios insospechados.
Así pasan los años y el hijo de ambos, a la vez que crece, se va convirtiendo en un extraño y le ha perdido el respeto a la madre, es posible que por verla tan derrotada y débil ante el padre, contra el que también se rebela. Un padre que acabará yéndose de casa, pero antes de hacerlo, le dejará a su ex esposa una advertencia clara, en forma de cuchillo en la garganta.
Creo que un cuchillo en la garganta, tiene que hacerle a cualquiera, replantearse muchas cosas. No nos engañemos y pongámonos en su lugar. Un cuchillo mientras la inmoviliza, mientras de la boca de quien fue su compañero, ahora sale toda la mierda que pudre su espíritu, para constatar a la vez que ella, que el miedo ha vencido. Que el momento que a veces temía que llegase, lo ha acaba de hacer.

Pero finalmente no, ese día no la mató. Se fue y la dejó viviendo con el miedo.

Y me pregunto… ¿Como vivir así?

Cuando ya no tienes amigos, cuando tu hogar se ha desestructurado y cuando tu hijo, lo que mas quieres en este mundo, tiene en su adolescencia la cabeza como una jaula de grillos, fruto en gran parte de ser testigo del hundimiento de su mundo, ¿como hacerlo?
Ella no denuncia a su ex, y el hijo se enfada. No entiende que el miedo inmoviliza a su madre, porque se ve y siente sola.
Sola.
Y llega a casa cuando termina de hacer las cosas de su vida cotidiana y no vuelve a salir a la calle, hasta que esa vida de fuera de su hogar la reclama de nuevo.
No va a salir, porque afuera está él, y cuando en alguna ocasión se han cruzado por la calle, el cabrón la mira con los mismos ojos que cuando la amenazó con el cuchillo.
No va a salir, porque no conviene si quiere estar viva. Aunque a veces se pregunta, si estará viva, o no es mas que una de esas mujeres que aguardan por su fatídico turno, como estas que cabo de oír por la radio, para seguir engrosando las terribles estadísticas, que como hoy, nos asaltan desde los noticieros.

Y ya está.

Se acabó.

Pongan ustedes el final que mejor les parezca.

Tres han sido las presentaciones que se han sucedido en la capital de Bizkaia.

La primera fue en noviembre de 2018, en el barrio de Deusto, en la librería que precisamente lleva el nombre del barrio, en la «Librería de Deusto». Un referente literario sin duda en esa parte de la ciudad. Un local implicado profundamente en divulgar la obra de los autores, ofreciéndoles la posibilidad de realizar presentaciones, en un estupendo espacio que dedican  a este tipo de encuentros. Ojalá hubiese muchas mas librerías así.

Las otras dos citas, se han sucedido en apenas una semana, cosas de las agendas de eventos de los locales. No es lo mas conveniente, pero no conviene nunca desdeñar la posibilidad de mantener estos encuentros tan directos con los lectores.

El 29 de enero en FNAC y el 5 de febrero en Casa del Libro, dos locales muy bien preparados para ofrecer este tipo de eventos.

Y ahora, a dedicar el tiempo visitando a los lectores de otras ciudades (Vitoria, día 14 y Donosti el 28 de febrero).

Aquí alguna imagen del paso por FNAC y Casa del LIbro

 


 

 

 

El jueves 17 de enero, Siete cuerdas fue presentada en la biblioteca de la localidad de Arrigorriaga.

La asistencia de una periodista de El Correo, hace posible que la novela, cuatro meses después de su publicación, siga teniendo presencia en los medios.

Todo ayuda.

El blog literario,  La página número trece,  publica una entrevista a Francisco Panera en relación con algunos aspectos curiosos del contenido de Siete Cuerdas.

Al margen de ello, ojalá sirva esta reseña a la entrevista, para convertiros en habituales seguidores de las publicaciones de este estupendo y original blog.


Pincha aquí para leer la entrevista en La página número trece


Transcripción de la entrevista

“Hay hallazgos que son pequeños tesoros a la hora de dar forma a una novela histórica” Francisco Panera

Conocí a Francisco Panera por pura casualidad. La presentación en Orduña de su libro Mentir es encender fuego coincidió con mi búsqueda de novelas ambientadas en la ciudad y, aunque la mayor parte de la trama de esa historia transcurre en otro escenario, sí que hay una parte importante que se sitúa en los verdes parajes de mi lugar de nacimiento. Esta hermosa casualidad hizo que Mentir es encender fuego fuera elegida como primera novela del Club de Lectura que, junto con el Ayuntamiento y la biblioteca, organicé en Orduña. Pero, no solo conocí la historia, también tuve el placer de contar con el autor para esa primera reunión. Panera, no solo nos explicó el proceso de creación de Mentir es encender fuego sino que, también nos dio algunas pinceladas de lo que, en aquel momento, era la novela en la que estaba trabajando: Siete Cuerdas.

Recuerdo que ya en ese momento habló de ese sentimiento de pérdida que los espectadores de un concierto debían sentir antes de que la música pudiera ser grabada. En aquel momento, lo confieso, me recordó a cuando en clase de música nos ponían una melodía un par de veces y, semanas más tarde, debíamos ser capaces de identificarla sin haber tenido oportunidad de volver a disfrutarla. Eran tiempos anteriores a Youtube y la única manera de recordar esos acordes era escribir cosas parecidas tiruri pun pun en un cuaderno. Sin embargo, a pesar de haber vivido esa situación en mis carnes, nunca me había parado a hacer esa reflexión que, por otra parte, no sé si mucha gente se habrá parado a pensar en ella. Por eso, le he preguntado cómo se le ocurrió basar toda una novela en esa idea.

LPNT: Me llama mucho la atención la reflexión que se hace durante toda la novela sobre lo efímera que era la música antes de poder grabarla. Es algo en lo que la gente no solemos pensar… ¿Cómo llegaste a esa conclusión?

Francisco Panera: La respuesta puede resultar un poco peliculera pero te doy mi palabra de que es verdad:

Lo soñé, y fue hace mucho, tanto que aún no había publicado mi primera novela, y Siete cuerdas ya es la tercera.

El recuerdo de aquel sueño, me trae la imagen de que yo debía interpretar algún tipo de instrumento. Sucedía en otra época, quizá hace dos o tres siglos.

El público asistía al concierto con unas expresiones en sus caras que eran puro asombro. Al verles,  intuía que querían guardar para sí, aquel momento único e irrepetible,  pero tanto ellos como yo, sabíamos que no era posible.

Ese vago recuerdo, es al que me he aferrado en tantos momentos de la novela, para describir esa sensación posterior a la experiencia de disfrutar entonces de la música. Por un lado el goce de de recrearse en algo hermoso, en un arte que solo existe mientras se interpreta. Y por otro, la decepción al ser conscientes de que nunca mas volverían a experimentar aquello, que quizás llegarían otras músicas, pero ya no serían las mismas.

Ese credo tomó forma en mi imaginación, sirviéndome de acicate para convertirlo en el hilo conductor de relato primero, y de una novela después.

Una novela que nunca fue editada. La verdad es que fue mi primer trabajo literario y estaba lleno de imperfecciones, pero no me desanimó que las editoriales rechazasen aquel mi primer intento por asomar la cabeza en este mundo. Me puse a desarrollar otras temáticas para seguir escribiendo y publiqué un par de novelas posteriormente, pero el manuscrito que contenía esa idea, ahí seguía, en un archivo en el disco duro de mi ordenador.

Fue hace un par de años cuando recuperé ese proyecto y me puse a confeccionar una narración que daría como fruto Siete cuerdas.

Por todo ello, creo que la música tal y como la disfrutamos hoy en día, no tiene nada que ver con aquella otra, la de cuando no se podía enlatar en grabaciones para reproducirla a voluntad. Por fuerza tenía que ser algo único, como el contacto con alguien querido, que solo se daba si ambos, música y tú o música y yo, estamos frente a frente, y para los melómanos convencidos, no podía haber mas remedio que buscar otras músicas sin descanso.

Eso, o convertirse en intérpretes, claro. Por cierto, la música la disfruto como oyente,como espectador, porque no se interpretar ni una sola nota.

LPNT: Supongo que el trabajo de documentación habrá sido titánico a la hora de describir tanto la ciudad de Bilbao como los acontecimientos que tuvieron lugar en aquella época.

FP: Esa labor ocuparía los seis primeros meses del trabajo de redacción de la novela y  contrariamente a lo que bastante gente puede suponer, pues así me lo han trasladado en ocasiones, para mí es una labor muy gratificante. Documentándome para mis novelas he descubierto hechos sorprendentes y que me han servido posteriormente para enriquecer los relatos recurriendo a ellos en forma de tramas. Pero hay que andarse con tiento la verdad, tengamos en cuenta que multitud de personajes secundarios de esta novela fueron reales y he procurado ser muy respetuoso con lo que pudieron ser sus vidas al introducir una trama ficticia en sus existencias. Precisamente en el trabajo de documentación, al tiempo que intentaba conocer por ejemplo, como era a finales del siglo XVIII la torre de la catedral de Santiago en Bilbao, iglesia en aquella época, o fechas y personajes que intervienen en algunos episodios históricos, conocer las vidas de las personas mas destacadas de la villa de Bilbao, temas de herencias… o que clase de agrupación musical podía existir en Bilbao en 1793, por decir algo, me topé con asuntos en apariencia banales. Y así doy por ejemplo, con el pleito que se traían el  director de una agrupación musical y un par de violinistas acerca de unas interpretaciones no consentidas y por tanto no remuneradas al director. Tuve el documento de denuncia en la mano y la resolución a la que llegaron desde el ayuntamiento también.  Esos hallazgos para dar forma a una novela histórica, son pequeños tesoros.

Me vienen ahora a la cabeza, por ejemplo unos capítulos que se desarrollan en Baiona paralelos a la guerra entre España y la Francia revolucionaria. Pues bien, casi todos esos sucesos fueron reales, y al descubrirlos encontré la manera idónea, en mi opinión, de que la relación entre los protagonistas, derivase en lo que necesitaba para el devenir de sucesos posteriores, que ya tenía en mente.

Todo esto es solo un ejemplo de con que tipo de material he podido trabajar, a parte de docenas de libros consultados, pero es verdad que en ocasiones las fuentes consultadas pueden esconder una historia para tu relato y Siete cuerdas está plagada de ellos, aspectos que en mi opinión aportan verosimilitud y dibujan un mundo cotidiano.

Gran parte de esa documentación, me ha servido para enriquecer la web de la novela www.sietecuerdas.com donde el lector va a poder descubrir elementos imprescindibles para esta novela, como la música, la historia y su contexto en la época, y que obviamente quedan fuera de obra impresa.

LAPN:¿Qué ha sido lo más difícil a la hora de escribir esta novela?

FP: Diría que la insistencia por transmitir las distintas sensaciones que experimentan los personajes con la música. Te aseguro que fue una cuestión que casi resultó enfermiza para mí.

Quería que estuviese presente constantemente en la mente del lector, que incluso lo identificase como algo casi obsesivo, pero que al tiempo no le resultase cargante. No se trata de repetirle lo importante o insignificante que puede resultar algo para algún protagonista, si hago eso me cargo la novela y seguro que pierdo un lector, se trata de otra cosa.  De dibujar un escenario de sentimientos y sensaciones en el que se mueven los personajes, y si ese mundo como en este caso es obsesivo, hay que conseguir mostrarlo sin hacer caer al lector en  él.

Como ves , es un argumento cargado de subjetividad, pero pienso que ahí reside el espíritu de esta novela.

LPNT: ¿Y lo más gratificante?

FP: Constatar ahora, que ya empiezan a llegar opiniones de lectores, que esas sensaciones a las que hacía referencia en la respuesta anterior, les han calado y que algunos las comparten sumergiéndose en aquel mundo tan particular y personal de esos músicos.

Ha habido quien me ha dicho que les entendía, refiriéndose a los personajes, que no había reparado en esa manera de reconocer aquella la música, y que precisamente por ser una persona en cuya vida la música ocupa un espacio importante, comprende la sensación de desarraigo o pérdida, al ir olvidando una melodía que solo ha escuchado una vez y que le será casi imposible volverlo a hacer.

Y tan grato como eso, es por supuesto que los lectores hayan disfrutado de una novela  entretenida, con unos personajes bastante peculiares y una trama cargada de giros.

LPNT: ¿Os pasa a los escritores que, una vez terminada la novela, echáis de menos a los protagonistas? Porque a los lectores sí nos pasa

FP: Supongo que dependerá del autor y del género, pero en mi caso así es.

Ten en cuenta, que mis personajes, al menos así lo creo, tienen personalidades muy marcadas. Pues para lograr eso me he de introducir en sus cabezas, tengo que pensar como ellos, convencerme de qué es lo que harían, qué pensarían… Hacerlo incluso en personajes que disten mucho de mantener una afinidad con mi manera de ser. A veces he escuchado que en ocasiones los personajes literarios, tienen parte de lo mejor o peor de sus autores, y no estoy en desacuerdo.

Algunos personajes de mis novelas, han dejado un poso en mi mente, como si de una persona real se tratase, y no se trata de una respuesta recurrente a lo que planteas, en mi caso es totalmente cierto.

Serán cuatro, o quizás cinco esos personajes, en los que me dejé mucho. Aunque ellos estén marcados por acontecimientos que nunca he experimentado, o viviesen en tiempos tan lejanos para mi, están compuestos de experiencias cercanas o incluso propias, de actitudes que he podido mantener o combatir. Se han convertido en unos fantasmas a los que quiero. Piensa que esto de escribir, tiene mucho de idealista, de soñador, pero mucho mucho.

Supongo que los autores tenemos que vivir con ello para poder escribir, aunque después de hacerlo… después de hacerlo hay veces que se van contigo. Para los personajes mas queridos, me gusta llegar a finales que no lo sean, que resulten un punto y seguido en sus vidas.

Y así creo que el lector, también puede vislumbrar que ese personaje con el que terminamos la relación que la novela ha provocado, es posible que tenga a partir del final del relato, ahora que como dices, igual le echamos de menos, la posibilidad de elegir, al margen del dictado del autor.

Ese recurrente final de los cuentos de “y fueron felices y comieron perdices” es el peor de los posibles, porque algunos libros no se acaban al pasar la última página, algunos perduran abiertos en la mente. Esos son los mejores.

LPNT: ¿Hay ya alguna idea para una próxima novela?

FP: La hay y espero ponerme a ello en breve. Toda la labor necesaria para promocionar Siete cuerdas, me está resultando muy absorbente y casi no saco tiempo para escribir, pero ya tengo en mente otra historia. Aunque no soy muy amigo de adelantar lo que creo que voy a hacer, si te digo que la historia se ubicará entre finales del siglo XIX y la mayor parte del XX. Posiblemente la mayor parte de los personajes, que volverán a ser numerosos y muy diferentes entre ellos, conformen varias generaciones de un par de familias. Y habrá que levantar a su alrededor un universo cargado de conflicto, de  superación, de miedo, de amistad, o de rencor… ¡y ya veremos si de perdón!

¿Lo ves? ¡ya estoy soñando con ellos!

No hay que cesar en llevar Siete cuerdas al mayor número de lugares posible.

Estas semanas que tengo por delante, me acercaré a destripar un poco la novela a Arrigorriaga, Bilbao, Gasteiz y Donostia.

Estas son las fechas: