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Cuando estaba enfrascado en la redacción de Mentir es encender fuego, (Nova Casa Editorial 2015) me pareció adecuado incluir de manera destacada algunos parajes geográficos por ser testigos próximos al relato de la leyenda en la que se inspiraba la novela y confieso que también por pura conveniencia, convencido de que estos lugares realzarían la trama de la historia.
Hoy escribo de uno de ellos, de un lugar que últimamente tiene una presencia mediática que a los cercanos nos resulta chocante, aunque si reflexionamos un poco, es lógico que la belleza agreste que ofrece, le convierta en uno de los puntos mas destacados de la costa vasca y mas turísticos y fotografiados del litoral cantábrico.
Gracias a la novela, dejé de verlo como lo que decían que era, para verlo como lo que creo que fue.
Gaztelugatxe es un lugar distinto, especial, como los que hay a cientos repartidos por el mundo ciertamente, pues este es uno mas.gaztelugatxe aerea
Se trata de un islote, desgajado del continente al que permanece unido por un puente de piedra, levantado sobre un lecho de rocas que forman un istmo, un estrecho y sinuoso paso que anterior al puente. aparecía y desaparecía con el ciclo de las mareas.
Sobre el promontorio actualmente existe una ermita, construcción heredera de otras que ocuparon la cima anteriormente.
Con los datos que disponemos, se calcula que la primera de esas ermitas fue construída allá por el siglo IX, lo cual era genial para que apareciese en la novela pues coincide en el tiempo con su historia y su leyenda.
Muchas construcciones de carácter religioso, tuvieron también un uso militar debido a sus emplazamientos y no hace falta echar demasiado a volar la imaginación para comprender el sentido del nombre de este lugar por su carácter inexpugnable.

Hay dos acepciones o interpretaciones a tal posibilidad. La palabra en euskera Gaztelugatxe se puede referir gaztelu = castillo y la terminación -atxe = piedra, traduciéndolo como castillo de la piedra o la peña del castillo, según la libertad con que lo hagamos,
Pero también cabe interpretar como gaztelu = castillo, y gaitz= “difícil o terrible”, es decir “castillo peligroso”. Así que parece claro que el origen del nombre se basa en la anterior existencia de un “castillo” en ese lugar, algunos episodios a lo largo de la historia así lo corroborarían.
Existen documentos que en mitad del siglo XI se refieren a tal lugar como San Juan del Castillo. En el siglo XIV, el señor de Bizkaia Juan Núñez de Lara se refugió en él acosado por las tropas del rey castellano Alfonso XI. Incluso en el siglo XVI se le atribuye al pirata inglés Sir Francis Drake un asalto a este lugar. Posteriormente se sucederían nuevos intentos ingleses por asaltar esta roca.
Está claro que es un sitio ideal para novelar con él y su historia, pero dejando de lado ese pasado batallador, creo que cualquiera cuando alcanza la cima de este peñasco, no puede esquivar un sentimiento especial.
Básicamente se trata de un lugar muy hermoso y no es de extrañar, que a lo largo del tiempo los hombres buscasen en lugares cómo este, espacios para dar rienda suelta a su espiritualidad.
Por ello en la novela aparece como un lugar de culto pagano, antes de que el credo cristiano lo transformase en propio.
El método era sencillo de argumentar, especialmente si venía acompañado del uso de la fuerza. Por tanto carecía de importancia lo disparatado de la historia que diese sentido a seguir ocupando un espacio de culto que ya lo era antes de que la fe cristiana comenzase a extenderse por el mundo.
Podemos imaginar lo poco afines que fueron en aquellos tiempos las gentes a cambiar su concepción espiritual de la vida y el mundo. De ello da testimonio como en el norte peninsular y especialmente en algunos lugares del territorio vasco, siglos después de la total implantación del cristianismo, los llamados credos paganos, aún seguían teniendo un buen número de seguidores, Tradiciones mantenidas en secreto, o bien camufladas y asumidas por aquella iglesia como propias para que en un asombroso ejercicio de cinismo, el transito de unas creencias a otras fuese un éxito.
Algunas de ellas han llegado hasta nuestro presente de una manera asombrosa e invitaría a cualquiera que estuviese interesado a indagar por ejemplo los motivos de la presencia de curiosas especies de árboles, digamos el Tejo, al lado de tantas iglesias y ermitas por todo el norte peninsular.
Una vez hecho, es posible que cambie la perspectiva de las líneas anteriores, y constatemos que fueron las construcciones religiosas las que se arrimaron a los Tejos.
Es así que Gaztelugatxe, como otros lugares cercanos, ya eran lugares en los que los hombres y mujeres de remotos tiempos subían para… ¿podemos decir orar?
Es posible, o quizá solo para buscar instantes de introspección, lo mismo que cuando cualquiera de nosotros al alcanzar la cima clavamos la mirada hacia el horizonte, deleitándonos con el espectáculo eterno del mar, con los acantilados que quedan a nuestras espaldas o con el rumor de las olas que rompen furiosas contra la base del islote.
Por eso sube allí el personaje de“Lope Fortún”, encontrándose con un par de tipos que se empeñan en apropiarse de aquel espacio para su credo levantando una pequeña ermita, y así poder arrebatárselo a los que ellos llaman “paganos”.gaztelugatxe1
Es gratificante escribir sobre lugares conocidos para ubicarlos tan lejanos (a mas de un milenio) en el tiempo. Describirlos tal cual son ahora, aunque insertando alguna variante que la imaginación y la lógica se encargan de aportar. Pero la fuerza de las olas, del viento, la sensación de euforia al vencer el agreste desnivel se guro que no ha variado con el paso del tiempo.
Decía al comienzo que últimamente está teniendo el lugar una gran presencia mediática. Ha sido escenario de varias películas y la guinda la ha puesto la serie Juego de Tronos al convertir Gaztelugatxe en Rocadragón. Los dragones que sobrevuelan la fortaleza de ese islote se han convertido en un nuevo reclamo, en un motivo para que miles de turistas colapsasen en periodos vacacionales ( y este verano ocurrirá lo mismo) los accesos a este lugar.
Está claro que algo ha cambiado. Hace años, éramos los de la zona los que llevábamos a quienes nos visitasen a conocer ese paraje. Esto del turismo masivo no lo conocíamos y por tanto aquellos amigos o parientes que venían a pasar unos días con nosotros, se sorprendían gratamente cuando descubrían desde la carretera que sobrevuela el acantilado, la silueta singular de Gaztelugatxe.
Después bajábamos por una estrecha carretera, antes hasta los coches podían hacerlo, y luego emprendíamos la subida.
He realizado varias veces esta excursión, casi siempre con el mismo objetivo y creo que en todos aquellos a los que acompañé, observé una expresión parecida.
Solo es un lugar más de los muchos hermosos que hay en el mundo, solo uno más.
Pero lo es.
Solo resta animaros a quienes no lo conozcáis a que si se os tercia en alguna ocasión, no perdáis la ocasión de hacerlo.
Y a aquellos que lo conocéis, a que si regresáis a su cima, reconozcáis en ella los lances que aparecían en “una novela” si es que esta fue de vuestro agrado.

Mentir es encender fuego, capítulo 8 (fragmento)

“En su descenso del acantilado constató que había alguien realizando algún trabajo en la cima de aquel peñón que parecía flotar sobre el mar como un barco amarrado a tierra.
(…)
Justo frente a él comenzaba el pequeño istmo para acceder al islote. Este paso no era otra cosa que un montón de piedras arrastradas por los fuertes oleajes que se habían acumulado sobre las rocas que surgían de las propias aguas.
El recuerdo de aquel lugar cuando lo visitó en su niñez con sus padres era diferente, era verano, el mar estaba en calma y la marea muy baja.
Ahora el continuo batir de las olas le hacía temer ser arrastrado por ellas. Al llegar a la mitad del paso observó aliviado una aparatosa pero útil pasarela, lo que le permitió completar el paso sin mayor contratiempo a la base del islote. El desnivel a salvar era de casi cien metros. Alzó la vista buscando la cima pero quedaba oculta por la curvatura de la pendiente. Ante él comenzaba una empinadísima senda con abundante gravilla. Le resultaba casi increíble que hubiese estado allí con sus padres siendo un niño, aunque tenía el vago recuerdo de que lo hizo sobre las espaldas de su progenitor. Comenzó el ascenso ayudándose de unas sogas que, bien dispuestas en los lugares más complicados y sujetas al suelo por estacas, permitían sujetarse y no caer al vacío. En los lugares que la roca lo había permitido, aparecían esculpidos algunos escalones. Ciertamente su tío se estaba tomando muy en serio habilitar un acceso hasta la cima.
A pocos metros de la cima reconoció su voz.
—¡Alto ahí! ¿Quién eres y qué has venido a hacer aquí?
Lope alzó la mirada descubriendo a un par de frailes. Uno de ellos era enorme, tanto a lo alto como a lo ancho, y blandía amenazante un martillo de cantero. El otro era algo más bajo pero de complexión robusta también, como su compañero, le cerraba el paso a la cima sujetando un pico.
—¡Buenas tardes lo primero! Soy Lope Fortún, hijo del señor de Busturia y, si los años aún no te han hecho mella en la memoria, igual hasta te acuerdas de que soy tu sobrino, así que mejor si os echáis a un lado porque voy a subir —les advirtió seguro.
Los frailes retrocedieron y dejaron que Lope ganase la cima. Nada más llegar al alto se dobló fatigado para recuperar el aliento.
Juan de Arrázola observaba con gesto grave a Lope. En otro tiempo habría respondido socarrón a la broma del joven, pero aquellas actitudes formaban parte de un lejano pasado para él, ahora era otro hombre. Bajó el pico y con la mirada instó a su enorme ayudante a que hiciese lo propio con el martillo.
—¿Qué hacéis aquí arriba? —preguntó Lope recuperado de la fatiga.
Su tío miró alrededor invitando con su gesto a que Lope hiciese lo mismo.
La cima no tendría más de veinte metros en su parte más larga y unos diez en la zona más ancha. El terreno había sido nivelado, y presentaba en su mayor parte un adoquinado un tanto hosco pero que bien cumpliría su función. Frente a él había un rectángulo perfectamente delimitado en el suelo a cuyo alrededor se estaban construyendo unos sólidos muros que aún no levantaban más de un metro del suelo.
—¡Construís un templo! —afirmó con cierto tono de admiración por la osadía de aquellos dos frailes.
—Una ermita —respondió Juan de Arrázola.
—Una ermita en honor a San Juan —añadió el otro fraile balbuceando.
Ahora Lope le dedicó una mirada exhaustiva. Sin ninguna duda su padre se lo había descrito muy bien unas semanas atrás cuando supo que el marido de su difunta hermana se había instalado allí y planeaba construir un templo sobre el islote para cristianizar aquel lugar tan simbólico para los seguidores del antiguo credo como él.
—Se ha buscado una especie de oso para que le sirva como burro de carga en el trabajo. ¡Ese cabrón de Arrázola solo ha venido a jodernos! —decía su padre colérico—. No tienen bastante con sembrar cada rincón con ermitas e iglesias, que también tiene que haber un imbécil que se aventure a hacerlo en medio del mar. ¡Y no podía ser otro que Juan de Arrázola! El miserable que le dio una vida de mierda a mi hermana, que de repente un día —proseguía aflautando la voz para conferir más ridiculez al proceder de su cuñado— abandona su vida de mercenario y, para lavar su conciencia, se nos hace fraile.
La devoción que mantenía Fruiz con aquel paraje era algo notorio. Admiraba aquel lugar tan hermoso y era por ello que en varias ocasiones había acudido allí a orar y escuchar las voces del mar y la tierra, del viento y del cielo, manteniendo una espiritualidad que no había logrado despertar tan intensa en su hijo como se manifestaba en él y, en menor medida, en su esposa.
—¿Así que en honor a San Juan, eh? Pues has escogido el emplazamiento más sencillo. —sentenció irónico.
—No se trata de sencillez, se trata del reto que es construir un templo aquí, en medio del mar… Este lugar tiene algo, este lugar es…
—Un lugar de culto —contestó rotundo Lope.
—Lo será.
—Siempre lo ha sido tío, bien que lo sabes —respondió irónico rememorando las palabras de su padre.
—No entiendo qué quieres decir —contestó retador, poniéndose con los brazos en jarra, gesto que imitó de seguido su ayudante.
Lope sonrió tímidamente, no iba entablar una batalla dialéctica por un tema que en cierta medida ni le iba ni le venía. Aun así reconocía el tesón de aquellos dos a los que imaginaba realizando multitud de viajes subiendo los materiales necesarios para la construcción.
—¿Y cuánto tiempo lleváis enfrascados en esta labor? —cuestionó buscando que el registro de la conversación discurriese de manera distendida.
—Casi un año ¿no es así? —respondió su tío.
—En otoño hará un año —contestó su ayudante.
Lope se puso a caminar comprobando los trabajos. Realmente aquellos dos sabían desempeñar el oficio de constructor, las piedras que componían lo que conformarían las paredes estaban bien labradas, parecía que gran parte de ellas las estuviesen extrayendo de la misma cima; otras, sin duda, habían sido transportadas hasta arriba. Toda la obra presentaba un buen aspecto.
—Dura tarea… ¿No habéis pensado en pedir ayuda?
—No, esto es cosa nuestra.
—Ya, pero me temo que si lleváis a buen término la labor, será entonces cuando algún obispo, o quizás algún oportunista, se quiera arrimar.
Su tío mudó el rostro a colérico. Sin duda tal idea habría pasado alguna vez por su cabeza.
—Es cierto que ahora solo soy un humilde fraile, pero también sigo siendo Juan de Arrázola y no creo que eso se le olvide a nadie —respondió apretando los puños alrededor del mango del pico—. En este mundo es muy común eso de acercarse a disfrutar del fruto cultivado por otro cuando ya está listo para ser degustado. Es común y pecado también, por muy obispo o noble que fuese quien lo intentase. Lo que cuenta es que esta es una obra que perdurará por los tiempos venideros.
—No estaría tan seguro, es un buen sitio para construir una fortificación —argumentó Lope.
—Podría ser, pero si fuese menos agreste. Ya has visto cómo es el acceso.
—Sí, pero lo que es inaccesible ahora, dentro de poco quizás no lo sea. Veo que en algunos puntos habéis comenzado a labrar en la piedra una escalera.
—Al principio, cuando íbamos habilitando el terreno, solo subíamos una vez al día. Lo hacíamos con el alba y, cuando el sol se ponía, bajábamos a la cabaña.
Lope asintió.
—Allí he dejado mi caballo.
—Pero ahora —continuó el ayudante de su tío—, debemos subir y bajar varias veces a lo largo de la jornada acarreando materiales. La construcción de una escalera en los puntos con más pendiente se hace necesaria.
Lope asentía interesado. Cuando les mostró la posibilidad de que aquel lugar, ya con un acceso transitable, se transformase en un punto a levantar una fortificación, lo hacía simplemente pensando en voz alta. Quizás sería un proyecto nada a desdeñar en el futuro.
Al oeste, el sol comenzaba a ocultarse tras los montes de Bakio, sin llegar aún a ponerse sobre el mar como ocurría en el periodo estival.
—Aún no nos has dicho a qué has venido —le cuestionó su tío.
—A orar.
—¿A orar? ¿Eres uno de esos paganos? —le preguntó apretando los puños.
—No —contestó Lope sin tener la absoluta certeza de si lo era o no, pero no convenía menoscabar el ánimo de su pariente—. Es un buen sitio y he venido a recogerme.
—Antes has dicho que era un lugar de culto, ¡y que lo era para los paganos! —insistió el otro fraile.
Lope les sonrió.
—¡Veis como lo sabíais!
—Claro que lo sabíamos, por eso estamos aquí, ¡para cristianizarlo!
—Ya, pero además de eso algo tiene, ¿no? Un enorme pedrusco desgajado de la costa y sujeto a ella por ese estrecho paso —aseveró dirigiendo su vista hacia abajo disimulando una pequeña sensación de vértigo.
Los frailes le escrutaban de arriba abajo desconfiados.
—¿Acaso vosotros no oráis?
—A diario y varias veces a lo largo de la jornada —respondió su tio.
—Pues yo hoy siento esa misma necesidad. No sé si sabéis que está a punto de desatarse una guerra.
—¿Una guerra dices?
—¡Desde luego que vivís aislados del mundo! Sabed que el ejército de Alfonso se ha adentrado en nuestra tierra y lleva varias jornadas saqueando y esquilmando todo lo que encuentra a su paso. Ha llegado el momento de poner fin a tal felonía. Contar con un hombre con tanta experiencia guerrera como tú nos sería de gran ayuda.
—Esa ya no es vida para mí. Juré que nunca volvería a levantar un arma contra otro hombre y moriré si es preciso antes de quebrar mi promesa. Si has venido por ese motivo ya puedes darte la vuelta.
—Ya te he dicho que he venido aquí a recogerme.
Lope desvió la mirada dirigiéndola a una bandada de gaviotas que revoloteaban alrededor, incapaz de revelar que subía allí arriba a borrar de sí un recuerdo amargo.
Durante el poco tiempo que duró su vida en común con Íñiga, descubrió con ella el placer de subir a los montes por el puro placer de hacerlo. Recordó cómo ella le respondía cuando lo hacían:
—¿Subir esa montaña? ¿Pero por qué, Íñiga? Si es muy alta —le argumentaba intentando excusarse.
—¿Que por qué? —contestaba ella segura, aunque le gustaba mostrar cierto misticismo en su respuesta—. ¡Pues porque está ahí!
Poco antes de caer enferma le sugirió a su esposo subir a aquel trozo de tierra que flotaba en el mar. Lope le advertía de lo peligroso de hacerlo, lo que parecía entusiasmar más aún a la joven, y lo intentó ir posponiendo con la esperanza de que lo olvidaría. Al final, la enfermedad truncó ese y otros proyectos. Quizá por ello se había acercado hasta allí buscando cerrar un episodio inconcluso de su pasado.
Al día siguiente consentiría en su nuevo matrimonio con Dalda de Estíguiz, sellando así una alianza al desposarse con la hija de Sancho de Estíguiz, conde de Durango.
Los frailes percibieron cierta melancolía en el silencio del muchacho. El sol se acababa de poner y era hora de emprender el descenso.
—Nosotros nos vamos, ¿vas a quedarte aquí?
Lope asintió. Los frailes se miraron y se encogieron de hombros. Aun así le advirtieron.
—Ahora está la marea baja, es solo así cuando se puede cruzar el paso con tranquilidad. En cosa de una hora te será imposible regresar, así que advertido quedas.
Los frailes comenzaron el descenso. Su tío de sobra sabía que Lope no era como Fruiz ni tampoco como su madre. Sabía reconocer a los de su clase, y ese muchacho estaba destinado a dirigir a los demás. Sabía moverse hábil entre dos aguas y no ofender a nadie como para considerarlo enemigo y sí levantar simpatías como para tenerlo como aliado. Tales aspectos los sospechaba inculcados en el muchacho por la extranjera de su madre desde bastantes años atrás, antes de que él abandonase al suyo propio al cuidado de los frailes de Tabira.
De pequeños, Lope y Adelio fueron buenos amigos. Primos de una edad similar, coincidían por largas temporadas los meses estivales bien fuese en su propiedad de Arrazola o en la de sus cuñados cuando su esposa acudía a visitar a su hermano Fruiz, con el que mantenía una especial vinculación que a él le exasperaba. Siempre intuyó que Lope podría ser un notable caballero y, si el joven quería recogerse esa noche antes de entrar en combate, no sería él quien le impidiese llevarlo a cabo en aquel lugar tan especial que ya sentía como propio.
Desde lo alto Lope observó el descenso de los frailes y asistió complacido a cómo uno de ellos, no acertaba a distinguir si era el más grande de los dos, tomaba de las riendas a su caballo y lo dirigía hacia la parte trasera de la cabaña. Parecía que por allí descendía un pequeño reguero de agua y sin duda el animal estaría mejor guarecido de las inclemencias del tiempo. Pasados unos instantes, comenzó a elevarse un fino trazo de humo desde el tejado de la cabaña, y por un momento lamentó no estar al calor de la lumbre que los religiosos acababan de encender. A su alrededor no encontraría nada con lo que preparar una hoguera; además, tampoco llevaba yesca y pedernal para encender un fuego.
Echó un trago de agua, por lo menos en eso sí que había sido previsor, y dispuso una manta en el suelo buscando cobijo entre los muros que, aunque levantaban poco del suelo, le servirían para guarecerse del viento que se desataba cada vez con más fuerza.
Tumbado observaba el cielo, que ahora comenzaba a mostrar, a medida que oscurecía, los primeros astros de la noche. En ocasiones se preguntaba qué sentido tenían todas esas luces nocturnas, por qué estaban ahí y para qué demonios servirían. Nunca escuchó una respuesta que le convenciese. La mayoría de ellas le parecían fruto de la superstición. Quizás la más lógica fuese que estaban ahí para servir de orientación por la noche, pero para eso habría bastado con una docena de estrellas; por el contrario, allá arriba eran miles, cientos de miles quizás.
Volvían a su mente las dudas de los frailes cuando le mostraron sus sospechas de si no sería un pagano. Lo cierto es que al negarlo tampoco les mentía. Desde joven había sido educado de manera oculta por sus padres en el culto al credo real, como ellos lo llamaban, y durante mucho tiempo se sintió parte de él, especialmente cuando al crecer descubrió lo peligroso que era mantener esa doble vida, ser cristianos de puerta afuera y ser ellos mismos de puertas a dentro. Pero no estaban solos, había muchos que como sus padres no habían abrazado la fe cristiana. En cierta manera le habría gustado ser como ellos, pero se hacía demasiadas preguntas y, aunque siempre había una respuesta para todo en la boca de su padre, lo cierto es que más bien creía que eran argumentos para justificar lo que no se entendía. Y así, se convencía de que ni los cristianos, ni los musulmanes, ni los fieles al credo de la Dama sabían ciertamente entender el mundo.
Decidió disfrutar del instante relajando la vista y perdiéndola en el firmamento estrellado. Más abajo, las olas rompían en las cuevas y túneles que atravesaban el islote por su base provocando un estruendo tal que parecía que aquel enorme pedrusco estuviese siendo demolido por la fuerza del océano. (…) ”

 

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Me parece que es bastante difícil fomentar la lectura en los mas jóvenes. Desde luego que en mi época de estudiante acertaron muy pocas veces con las lecturas que nos asignaban.

Algunas fueron auténticos tormentos, seguramente porque no era el momento de acercarme a ellas, puesto que no cuestionaré su calidad, aunque lo cierto es que de aquellas novelas que “padecí” ya he olvidado los títulos y a sus autores.

Pero también las hubo que me atraparon de chaval, y son ejemplares que además guardo con cariño.

Una fue “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, después juraría que llegaron casi seguidas “Rebelión en la granja” y “1984” de George Orwell. Eso si, la que dejó un buen poso fue “El guardián entre el centeno” de J.D.Salinger.

Ya veis que no soy nada original, eran títulos muy comunes y supongo que a unos cuantos de vosotros os tocaría también leerlos.

La cosa es que exceptuando “El guardián entre el centeno”, los demás los he releído con el paso de los años y me han parecido aún mejores, pero con la novela de Salinger no he podido, o mejor dicho. no he querido.

Me absorbió tanto aquella lectura cuando tenía 17 años, mas o menos, que no he querido arriesgarme a que el paso de los años cambie aquella sensación que perdura tal cual.

No se si era una lectura encasillada para jóvenes, no lo creo. Tampoco he logrado entender a lo largo de tantos años, las referencias que se hacen a esa narración desde las perspectivas mas insólitas, incluso calificándola como excusa para las fechorías de algunos siniestros personajes, pero todo ello ha ido tejiendo una neblina alrededor de esa novela mitificándola. Algo grande debe tener sin duda.

Y claro, ahora si vamos y se lo contamos a los chavales para animarles a leer… ¡lo tendremos crudo!

Igual, no siempre, habría que desvincular los textos que se les proponen leer del análisis posterior (es solo una idea, porque quizá no fuese capaz de defenderla ante un profesor) y centrarnos en un objetivo simple: ¿qué queremos, que lean? Pues que lo hagan solo por disfrutar. Que lean lo que sea, al menos durante un tiempo para que se contaminen con este estupendo vicio de leer.

Al tener dos hijos, me ha tocado vivir la experiencia desde otro punto de vista y lo que he visto en los chavales no difiere demasiado de lo que nos sucedía a muchos a sus edades. Es verdad que ahora les ofrecen un abanico mas amplio de lecturas, que quizá hay mas flexibilidad para abordarlas,incluso en el tiempo que les asignen, pero el asunto de fondo no cambia demasiado.

Pensad los que ya no estáis en edad académica que ahora no leéis como en aquella época, ahora lo disfrutáis sabiendo que si no os gusta la novela la vais a dejar, que nadie os va a realizar alguna prueba al finalizar para medir vuestra comprensión del texto, incluso que nadie va a rebatir lo que penséis de la obra en cuestión.

Es verdad, aquello no era “leer”, era interpretar, era estudiar o analizar… aquello era otra cosa, que no digo que no fuese necesario, porque lo sería, pero desde luego si lo que se perseguía era fomentar la lectura, con muy pocos se conseguía. El término “lector secuestrado” me parece muy adecuado.

Con todo lo dicho, ni por asomo se me pasa por la cabeza justificar la actitud de aquellos que ya de adultos no tocan un libro con un palo. A ese colectivo no le hizo ni bien ni mal el sistema educativo para fomentar la lectura, simplemente por lo que sea, no les gusta leer y ya está. Es este un lodazal en el que no me meto mas, porque al final acaban casi siempre heridas algunas sensibilidades y esto es algo para disfrutarlo, no para reprochar nada.

Superada aquella época de “lector secuestrado”, pasé unos años ligeramente alejado de los libros. Nunca dejé de leer del todo, aunque lo hacía con escasa dedicación.

Pienso que quizá tenía otras cosas en la cabeza y no parecía necesitar de la fantasía o inventiva de la literatura, aunque curiosamente en esa época empecé a escribir mis primeros relatos. En cualquier caso volví a leer y encuentro en ello una recompensa tal, que la supongo acompañándome siempre.

Aquí debajo, enlace al interesante artículo que tras leerlo, me ha empujado a reparar sobre este asunto.

http://eldiariodelaeducacion.com/blog/2018/04/23/como-lograr-superlectores-y-evitar-que-deserten/

Estupenda tarde en compañía de un buen grupo de lectores. El arranque de un club de lectura es un proyecto de viaje en conjunto para adentrarse en grupo en obras y en las mentes de quienes las idearon y así, a veces, desentrañar los secretos que puede esconder el autor en un libro.

Mentir es encender fuego ha sido la primera parada de este club, todo un honor y mejor experiencia intercambiando impresiones en una amigable reunión, para finalizar desvelando incógnitas del proceso creativo, de los personajes o llevarse como premio nuevas recomendaciones para futuras lecturas. Un lujo.

Justo debajo de estas líneas el enlace al blog literario “La página número trece”, donde se da cuenta de algunos aspectos de aquella reunión.

Blog literario La página número trece. Club lectura Mentir es encender fuego

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Doble alegría al tener la segunda edición impresa de última novela.

Por un lado la satisfacción por el reconocimiento del público, siempre es un placer que sea necesario imprimir nuevos ejemplares.

Y por otro, poder subsanar algún error tipográfico de las primeras encuadernaciones.

“Mentir es encender fuego” sigue removiéndose insaciable de lectores, así que en breve retomaremos su búsqueda en nuevas presentaciones.

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El tránsito entre Octubre y Noviembre está siendo agradable. Un anticiclón se nos ha quedado encima y nos está regalando días soleados y templados, ahora que creíamos que tardaríamos unos meses en disfrutar de un tiempo así.

Así que nos visitan mañanas soleadas, con cielos vacíos de nubes y un azul intenso que realza los colores del otoño, invitándonos a buscarlos por el monte, pero hay días en que el monte queda lejos, por eso un parque puede servir de sucedáneo mientras llegan días u horas en las que el monte se nos permita sentir mas cercano.

Y precísamente por un parque caminan dos de mujeres. A sus pasos las hojas secas que se han ido cayendo de chopos en su mayoría, van crujiendo en un cras cras constante. Por los caminos erráticos, de eses continuas que cruzan este lugar, las hojas secas, empujadas por la brisa de la noche, se han ido amontonando en las curvas mas pronunciadas, allí donde el césped se levanta en pequeñas pendientes para dar forma mas arriba a una pequeña colina, por allí cruzan las dos dando patadas a las hojas, levantando unos palmos del suelo una pequeña nube de hojas. Un tipo que está mas adelante sentando en un banco, deja de leer el libro que tiene entre manos y las mira, a el parece gustarle aquello, y de hecho no sabe porqué no hizo lo mismo hace unos minutos cuando pasó por ese mismo sitio y pensó en liarse a patadas con el montón de hojas.

Ahora las dos mujeres, una anciana y la otra mas joven, vamos a decir instalada en la cuarentena, abandonan la senda asfaltada y cruzan por una extensa porción de césped que casi no se ve, pues en esta parte las hojas secas forman una capa que lo ocultan. Pasan muy cerca del hombre sentado y este de reojo las mira, especialmente a la mujer mas joven, es muy guapa y mantiene un extraño acento extranjero en su conversación con la anciana.

Ellas, unos pasos mas adelante encuentran un banco y se sientan en el, un banco que precisamente el hombre, que ahora se olvida de ellas regresando a la lectura, había descartado por estar expuesto de pleno al sol, en cambio este que el lector ocupa, recibe la sombra de un par de chopos aunque estos ya empiezan a mostrarse famélicos, desprovistos de gran parte de sus hojas, por eso algunos tibios rayos de sol se cuelan entre sus ramas que no son ahora otra cosa que finas varas y claro, el lector cada pocos minutos va moviéndose de derecha a izquierda esquivando el tránsito del sol, buscando el alivio de la sombra, y así tiene intención de hacerlo hasta que llegue por fin al extremo del banco, cosa que no tardará mucho en suceder.

Pasa un rato, un rato siempre es un tiempo indeterminado, la única manera de medir el tiempo sin hacerlo en realidad, y durante ese rato los únicos sonidos que llegan de fondo son rumores. Rumores de coches lejanos que apenas llegan a un susurro, de la sirena de una fábrica que es identificada al momento por un par de jubilados que cruzan ante el lector diciendo “¡La una!,  siempre va un minuto adelantada”,  o el murmullo mas lejano aún de una bronca entre perros.

Estos sonidos y otros similares se van a alternando con espacios de silencio absoluto, con movimientos del lector esquivando al sol en su banco y ahora, porque hasta este momento no llegaban las voces del banco de las mujeres, con una voz que parece proclamar algo en alto con una entonación divertida.

La mujer mas joven, que a todas luces parece que se trata de una persona que está al cuidado de la señora anciana, está sentada en mitad del banco. A su lado la viejita la mira divertida porque su acompañante que la acompaña recostada hacia atrás en el respaldo, dejando que sus brazos abiertos, sus piernas extendidas y su cabeza ligeramente echada hacia detrás, reciban de lleno el abrazo del sol, que con su luminosidad resalta aún mas el rubio de sus cabellos y su piel blanca, se ha puesto decía a recitar a viva voz unos versos a los que la mujer mayor presta toda su atención con una sincera sonrisa, aunque ni ella ni el lector que está próximo pueden entender lo que dice porque lo hace en su lengua que parece un idioma del este de Europa.

A la vez que recita, mueve la cabeza de un lado a otro, exagerando intencionadamente la puesta en escena de aquellas estrofas que al hombre que leía se le ocurre que quizá traten o vayan acorde con ese preciso instante. Puede que esos versos clamen a la luz, al sol, puede que al amor o puede que a la vida, así se lo imagina al tiempo que ella recita, intentando otorgar gravedad y simpatía por igual en su representación.

El sol ahora si que castiga de lleno al lector, así que este decide cerrar el libro y echar a caminar, además, hace rato ya que dejó de prestar atención a lo que contaba el libro y camina guardando su libro en un pequeño bolso justo por delante de las dos mujeres. La cara de la anciana es de diversión, seguro que se lo pasa bien con la que parece su cuidadora, y tiene la impresión el lector, de que la otra por su parte, la corresponde con dedicación y respeto, no en vano le está recitando un poema.

Las miradas del lector y de la recitadora se cruzan un momento, el sigue pensando que ella es muy guapa, y ella…  ella seguro que no ha reparado para nada en el, porque ahora empieza a hablar con su compañera de banco y las oye reírse mientras se aleja.

El camino para salir del parque, da un giro de 180 grados para ir ascendiendo por una suave pendiente, ahora, aunque mas alejado, vuelve a pasar por delante del banco de ellas. Con la complicidad para no ser observado que otorga la distancia, se detiene y descubre a la rubia extranjera con la manos de la mujer mayor entre las suyas, mientras le va enseñando las estrofas de una canción en su idioma.

Se trata de frases cortas que la anciana repite entonándolas con la música que quien se la enseña le propone desde su voz, podría ser una canción infantil,  bien podría.

Podrían pasar por ser dos crías que están ensañando una canción para después cantarlas juntas, bien podría ser.

O podría ser que con ese juego, las dos solas, separadas por la gran barrera de años que distancia una generación de otra, que cada una a su manera, quien sabe si empujadas por el temple de esta mañana de otoño, rememoran algún recuerdo agradable, para una puede que esté alejado por los años, para la otra por la distancia a un hogar o a una vida, que en algún momento se quedó esperando en otro parque muy parecido a este, en una mañana tal cual a esta, con el mismo sol y brisa templada. Bien podría.

Y así, de nuevo retoma el paso el lector, las voces de la canción que las dos ensayan se van haciendo mas débiles y lejanas y empieza este hombre a darle vueltas a todas esas cosas que ha observado en los últimos minutos, seguro de que cuando llegue a casa se pondrá a escribirlas como ahora hace.

Sin buscarle demasiado el sentido, quizá porqué le agrada pensar que aquella mujer era tan hermosa por fuera como por dentro, a tenor de que convertía su trabajo en un espacio de verdadera compañía para aquella señora tan mayor.

Y terminará contando, cuando lo escriba y lo cuente, que aquellas dos mujeres con su espontaneidad y sus juegos, eclipsaron ese sol del que todo el mundo decía que era una maravilla, esa mañana de otoño.

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Me ha sucedido y no lo quiero ocultar, quiero sacar pecho y contarle a todo el mundo de que tuve el honor hace muy poco de poder pregonar las fiestas de un pueblo, de un pequeño pueblo que para este que escribe tiene un inmenso valor, pues es el lugar de origen de parte de mi familia y también tengo la suerte de poder pasar allí todos los años una parte de mis vacaciones.

La Mata de Curueño se llama, está en el territorio de León, muy cerca de la Cordillera Cantábrica, que cómo una inmensa muralla y guardián, sujeta la mayoría de las veces a  las nubes y frentes de lluvia, premiando a este lugar con sol en verano pero también con verdes pastos, espesos bosques y agua, muchísima agua en abundancia. Los inviernos son duros, pero incluso en lo mas hostil de las inclemencias del tiempo, es un lugar que rebosa encanto.

Qué decir de un sitio al que iba desde crío y que… ¡qué decir!. Mejor que lo cuente el pregonero:

Pregón inicio de fiestas de La Mata de Curueño (León) 26 de Agosto de 2016

 

Buenas noches La Mata.

Cómo seguramente ha sido para los que me han precedido otros años en la lectura del pregón con el que iniciamos las fiestas de nuestro pueblo, me encuentro en una situación extraña. No se que se espera de un pregón, no me lo había planteado hasta ahora que intento hilvanar unas frases con sentido y que os despierten algo de interés.

Y decía nuestro pueblo, porque lo es, porque da igual de donde seas o donde te hayas criado, fuese aquí en La Mata, o en sus “afueras” porque las afueras de este pueblo que igual no es tan pequeño como puede parecer, se extienden bien lejos sin tener para nada en cuenta las distancias, llegando hasta allá donde hubiese un solo Matense que le baste con querer serlo.

Y aunque es seguro que todos mantenemos sólidos lazos afectivos con las tierras que nos han visto nacer y crecer, compartimos en conjunto una sincera devoción por este lugar en el mundo.

Cuenta un antiguo dicho que “sabrás en que medida quieres a tu pueblo en el momento que te alejes de el”, y pienso que es verdad.

Quizá por eso suele sucedernos cuando año tras año volvemos a vernos y tras unas breves palabras acerca de cómo nos va la vida allá por las “afueras de La Mata”, que acabamos hablando de cómo está el río, de si refresca a las noches, de como habéis pasado el invierno los que permanecéis aquí, de si estaréis en las fiestas, de cuantos días traemos de vacaciones… y reparar en esto me lleva a plantearme en cómo nos veis los Matenses de la mata a los Matenses de las afueras.

Me gustaría pensar que cuando llegamos al pueblo tras un largo periodo de ausencia, somos a vuestros ojos cómo los críos que se ilusionan en el momento en que rasgan el envoltorio de un regalo, porque es verdad, porque muchos fuimos los niños de otros veranos, de veranos como este, y cada vez que regresamos aquí y al abrir la puerta de nuestros hogares cruzamos el umbral, respiramos el aire frío que quedó atrapado dentro de casa, el día que cerramos esa puerta para volver a nuestras vidas cotidianas.

En ese momento, mientras se abren ventanas y puertas y dejamos que el aire de este año, se entre mezcle con el del año pasado, estad seguros de que por un instante, hemos pegado un pequeño salto hacia atrás en el tiempo, para así recuperar desde aquel momento nuestro sitio en este micro cosmos de sol y verde fresco en verano, de nieves y lumbre en invierno, al que empujados por los misteriosos dictados del corazón y del recuerdo, regresamos seguros de que en cualquier vereda sombría, o por las orillas del río, o puede que pegando un trago de la fuente, encontraremos el rastro de aquellos chiquillos que fuimos en aquellos veranos, en veranos como este.

Sentir eso, sería imposible sin los que viviendo aquí, mantenéis vivo a nuestro pueblo y nos recibís amablemente año tras año. Muchas gracias, de verdad.

La cosa es que me he arrancado y aún no os he dicho que es un honor poder estar hoy aquí dando el pregón de las fiestas. Lo primero que me planteé al ponerme a redactarlo fue ¿y por qué yo? ¿Qué he hecho yo por La Mata? Seguramente poca cosa la verdad, máxime si poso la mirada en algunos de los que estáis aquí a los que este pueblo os debe mucho, pero ha sucedido y no he dejado pasar la ocasión, intentando vencer a los nervios, pues uno es mas de escribir que de hablar a la concurrencia, porque esto es cómo cuando te acercabas a decirle algo a una chica que te gustaba, sabías que no podías dejar pasar la oportunidad.

Así que me he subido a este balcón para decírselo a ella, a La Mata, a decirle que la quiero, que de noche cerrada me gusta perderme por lo oscuro para embobarme mirando su cielo estrellado.

Que en su plaza y sus callejas, los chavales nos muestran con descaro que son los verdaderos dueños de este pueblo en vacaciones, que sus bicis apiladas a montones en la acera del teleclub son el símbolo, son la prueba de que ella, La Mata, ha hecho con ellos lo mismo que hizo en su momento con nosotros: amigos de verano.

Le diría también que como los teléfonos de ahora son al tiempo cámaras de fotos, llevo conmigo montones de fotografías suyas. y alguna vez ocurre, que si muestro a alguien alguna imagen de los míos, termino enseñándole las suyas y cuento quien es La Mata. Le hablo de un río al que le dicen Curueño, que a su paso por el soto tiene un pozo al que llaman de la Olla, en el que de crío aprendí a nadar igual que lo hizo mi padre, igual que lo han hecho mis hijos.

O si no, le cuento que hay un nogal en el huerto de nuestra casa, que tiene una copa tan grande como las raíces que lo aferran a la tierra en su empeño de asomar la mirada por encima del tejado de nuestra casa a la que desde hace mucho tiempo la gente de la mata la conoce como La Fábrica.

Y así, me va pasando que sin darme cuenta me voy haciendo mayor como ese nogal, que las raíces que hinca en la tierra no son otras que las de mi familia, las que mis abuelos Donato y Pepa sembraron por estos prados y vegas, las que al arrullo de estos montes y aires, brotaron en sus hijos, en sus nietos y ahora también en los nietos de sus hijos.

Pero ocurre que el presente dice que hoy es viernes, que estamos plantados en los finales de Agosto, y como todos los años volvemos a reunirnos en una gran celebración por el espíritu que alberga.

Nos conocemos casi todos los que aquí estamos, e independientemente del grado de relación que mantengamos unos y otros, resulta que año tras año nos juntamos aquí dando forma a algo importante, algo cómo mirar en alrededor, reconocernos en quienes están al lado y proclamar seguros: ¡Somos un pueblo! ¡Somos La Mata!.

Apuremos con alegría esos días de fiesta, disfrutemos de un presente que se viste de celebración, y hagámoslo también, con un recuerdo para aquellos que no están aquí, pero rendidos al asombro de la vida, de que otros mas jóvenes se suman cada año y nos acompañarán ocupando un lugar que será suyo por siempre, porque el Corral de las Sopejas es ahora un escenario en el que nosotros somos el elenco de actores que representan el teatro de la vida de este pueblo.

Y si la función sale bien, no será por recibir aplausos, que no los habrá, será porque nos daremos un homenaje cargado de alegría, simplemente porque si, porque no podemos olvidar que estamos en esto de vivir para ser felices.

Y ahora que ya termino me vengo arriba: Los avatares de la vida me hicieron bilbaíno de nacimiento y mucho mas de corazón, pero todos los corazones albergan espacio para otros cariños, y el mío está colmado de pasión por este lugar al que tengo la suerte de poder llamar “Mi pueblo”.

Matenses todos, Matenses de La Mata y de sus afueras, si nuestro planeta tiene un centro hoy estamos en el, porque el centro del mundo, de nuestro mundo es un pueblín, como aquí le dicen, un pueblín hoy vestido de fiesta.

Honrémosle entonces cómo se merece, disfrutemos hasta caer rendidos, que no será de cansancio, si no de alegría.

Y alzando las copas y los corazones, proclamemos por siempre bien alto:

¡¡Soy de La Mata!! ¡¡Viva La Mata!!

 

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No es crítica, es una valoración personal, la primera vez que lo hago, así que voy a empezar por lo sencillo, sin seleccionar nada especial, simplemente lo que me he leído en el último mes.

 

AFTER DARK (Haruki Murakami)

Siempre me ha flipado la capacidad de contar una historia que sucede en poco tiempo, quizá, cómo es el caso, en el mismo tiempo que te pueda llevar esta novela, unas horas simplemente.

De Haruki Murakami me había leído “Después del terremoto”, un libro de relatos y otro del que no recuerdo el nombre (no me voy a volver loco buscándolo por la red, que voy a lo que voy), así que supongo que no es mucho bagaje para hacer un juicio de su trabajo, pero es que paso de hacerlo, ¡quien coño soy yo para ello!

Diré que es un libro que me ha gustado. Antes para que me gustase un libro (ahora he cambiado, lo juro) tenía que tener cierto trasfondo, quizá una historia sorprendente, quizá un argumento ambiguo o confuso… con After dark, me ha pasado que me ha hecho revivir alguna que otra noche curiosa del pasado. Momentos extraviados y que me resulta indiferente que hayan vuelto a mi memoria, no por nada en especial, si no porque debían de haberse perdido entre tragos de potentes combinados y cervezas , diluyéndose entre nubes de humo de tabaco y hachís que flotan en estrechos bares, entre gritos,  entre risas, y empujados por la música que era el viento que nos peinaba y despeinaba .

Hay cosas, cómo las drogas (eso dicen -risas de fondo- Ja ja) que si no las pruebas, nunca sabrás de que te están hablando. Puede ser que eso pase con algunos autores, aunque no estoy seguro de que Murakami sea el mejor ejemplo de tal argumento.

Este libro tiene ese “algo” que deambula por la cuerda floja de esa mente que está a punto de patinar, y que curioso que eso casi siempre suceda, ( y que bueno ambientarlo también ) de noche,de madrugada.

Pues el libro no va de esto que comento, pero es el recuerdo que me ha quedado después de leerlo. Un mago el amigo Haruki.

 

MISTERIOSO ASESINATO EN CASA DE CERVANTES (Juan Eslava Galán)

Vamos a ver, esto es un cambio o un giro drástico, pero a mi es lo que me gusta hacer en la lectura. Dar un volantazo y cambiar totalmente el registro, es lo mas sano para llevar una lectura “limpia”,  a ver si me explico:

Voy a rememorar un hecho de hace tiempo para aclararme. Resulta que en su día me leí la maravillosa y sorprendente novela histórica “Los pilares de la tierra” De Ken Follet (al respecto me resbalan las críticas absurdas que despertó esta publicación, pues las veo mas cercanas a la insidia y la envidia que a otra cosa), en fin,  decía que después de leerme estas mil y pico páginas me aventuré con otra novela del mismo pelo… “El Médico” de Noah Gordon, y es verdad que la tuve que dejar, no podía con ella, visualizaba escenarios muy similares a los de la novela anterior… no llevaría mas de cien páginas cuando la dejé. La retomaría en el futuro, un par de años después y la verdad es que la disfruté muchísimo.

Es a eso a lo que iba con lo de cambiar de registro, en función de que es lo que haya estado leyendo me veo necesitado de cambiar el citado registro, el tono, el… en fin, todo.

así que por el motivo que sea, cae en mis manos esta novela y lo hace con cierto interés por mi parte, pues Juan Eslava Galán es autor de varios libros de historia, alguno por cierto que me ha sido útil para realizar consultas para mis creaciones, y bueno, me lanzo a ver que es lo que cuenta en esa historia y el resultado… no fue ciertamente el esperado, aunque si fué en parte sorprendente.

Uno al criticar o valorar algo se vuelve un poco cabrón aunque no quiera, y yo de verdad que no quiero, pero es que esta novela está escrita de manera impecable, el uso del lenguaje, de los giros en el habla, de las expresiones que utilizan los personajes, te hacen descubrir desde las primeras páginas que estás ante la obra de un tipo que maneja de cojones el lenguaje de la época, vamos a ver, si digo la verdad es que nunca he leído algo que me pareciese un castellano antiguo pero sin serlo, es decir, se entiende todo de maravilla (que no estamos leyendo a un autor del XVI, para entendernos), pero que parece que si lo fuera, en eso hay que reconocer que lo borda de verdad, pero es que a la historia, en mi modesta opinión le falta un poco de… espíritu. No consiguió atraparme mas que por seguir las evoluciones de los diálogos y del lenguaje a lo largo de toda la novela. Así que en ese aspecto, si sois de soportar tal cuestión os la recomiendo sólo por ver la destreza del empleo del lenguaje. Todo un maestro para quien se aventure a escribir de “sucedidos tales e similares” a los que acontecen en esta historia.

Eso tiene la novela histórica a veces, que conjugas la forma (genial en el lenguaje) con la historia o personajes históricos (totalmente conseguido y bien expuesto) con el fondo del argumento de la novela que a la postre es quien mas debería enganchar… y si no hay un equilibrio parece que te falta algo.

 

LOS DESORIENTADOS (Amin Maalouf)

Esta novela me la regalaron el día del libro. Diré que es la primera vez que me sucede, digamos que no provengo de un entorno estrictamente lector, o purista en lo referente a la lectura y a sus momentos señalados, cómo puede ser el día del libro. Los libros que me han llegado regalados el día del libro hasta la fecha, lo eran porque yo me había obsequiado con ellos. Sucede que este año llega esta novela y no sé, tenía la impresión de que me iba a dejar una cierta huella, cómo finalmente así ha sido.

Pues voy a empezar diciendo que es uno de los mejores libros que me habré leído en los últimos dos años por lo menos, así que os lo recomiendo sin ningún tipo de rodeos e independientemente de vuestras predilecciones literarias.

Es la primera novela que me leo de este autor árabe y si, es verdad que quiero recalcar lo de “árabe”, pues aunque uno presume de no tener prejuicios contra casi nada o casi nadie, es verdad que a la cultura árabe, (quizá por lo densa de su influencia religiosa) me ha costado acercarme. Digamos que casi dos milenios de sometimiento en occidente al cristianismo y sus derivaciones, es demasiado para mostrarse indiferente ante un mundo ( el árabe) que en ocasiones se nos presenta cómo en el medievo.

Ocurre, que los hombres y mujeres, son mujeres y hombres allá donde estén, que no somos tan distintos y que por supuesto (joder, siempre lo he creído) ha habido espíritus libres, maravillosos escépticos que unidos a su sinceridad y porqué no decirlo, a su bondad, son y han sido capaces de hacer tambalear credos que pueden parecer inamovibles.

Pues vale, con esta curiosa interpretación, esta novela recorre del presente al pasado un viaje por el recuerdo de varios personajes, que son amigos y que proyectan reunirse ante la despedida definitiva de un miembro del grupo que cruza “al otro lado”. En este contexto se suceden los flashbacks, se dibujan distintos caminos y se interpretan los motivos de porqué unos toman una senda, otros otra. Se desliza por terrenos que contrastan el exilio, con la lealtad, el amor con el idealismo…

Básicamente diría que estoy seguro que en algunos de sus pasajes os va a arañar muy dentro, igual es por eso que deja esa marca, ya sabéis que hay arañazos que pueden ser muy agradables…

 

PAJAROS QUEMADOS (Juan Bas)

Esta es ya la quinta novela que me leo de este autor ( a saber: “Alacranes en su tinta, La cuenta atrás, Ostras para Dimitri y Voracidad) y he de decir que este hombre es básicamente un tipo divertido, sabe llevar una historia adelante sin demasiadas florituras, y no hay una sola página de mas en sus obras, en todas pasa algo y lo que sucede es básicamente imprescindible.

Eso de verdad, es muy importante y dice mucho de un autor, de lo que cuenta y quiere contar.

Diría que esta novela es una especia de “road movie” ibérica. Con dos “pájaros” del bilbaíno barrio e Otxarkoaga, a los que los acontecimientos, a pesar de que pueda parecer que les superan, seguramente no es así, son de esa peña, de esa gente a los que nada les coge a contra pié, ¡que te van a decir si están de vuelta de todo!

A las vicisitudes de esta curiosa pareja, se les van a unir las andanzas y destinos de unos variopintos personajes, que de una manera muy amena, van a darle velocidad e interés a la novela. Seguro que vais a encontrar a personajes que os van sonar mucho, quizá demasiado, quizás incluso del espectro político mas hortera y chorizo que últimamente se asoman a los medios. A otros seguro que los conocéis de toda la vida.

Pájaros quemados es una novela negra, entretenida y divertida. Vosotros mismos.

 

INSTRUMENTAL (James Rhodes)

Inclasificable.

Lo mejor será empezar por el principio, es decir, por cómo o de qué manera llegué a esta novela. Digamos que ha sido ese balonazo que sale de tus botas, que rebota en un par de coche aparcados en tu barrio y va de lleno a darle una merecida ostia en el cogote al vecino mas capullo de esa calle, al cabrón que sueña con quitaros el balón para hacer… ¡que coño será lo que quiere hacer con el! Pero claro, se le escapa, el balón corre calle a bajo y tu que corres y saltas como un gamo te haces con el con el corazón en un puño y una cara de satisfacción de la ostia.

Así es este libro, bueno o eso o leer una reseña un día en el periódico de un bar, intuir que ahí hay una gran historia, apuntar título y autor en una servilleta de papael y por la tarde acercarme a la librería a encargarla. Tal cual.

Es acojonante la de grandes artistas, (pintores, músicos,escritores…) que han sufrido trastornos psicóticos, esquizofrenia, bipolaridad… en fin toda una serie de maldiciones a las que a muchos les llevó a buscar la salida de la vida por la puerta de atrás, cómo podía ser de esperar, pero que a pesar en algunos casos de sus cortas vidas, nos han dejado unas obras maravillosas.

Sin duda ese punto de inestabilidad (no diré locura, aunque lo piense, porque seguro que estaría equivocado) fue el resorte o la mecha que provocó en sus mentes ese estallido de creatividad.

De siempre me ha parecido algo maravilloso y este libro va en parte de algo de eso, solo que contado desde dentro, desde las entrañas, o mejor dicho, desde las mismas cloacas a las que la adversidad arrojó a su protagonista.

La historia se cuenta en primera persona, lo hace un tipo que ahora se encuentra digamos en la cumbre del éxito, caminando por terrenos inestables, y cómo dice el mismo “siempre a dos semanas de un centro psiquiátrico”. Tal es la disyuntiva del que ha atravesado las tormentas que describe en su libro.

Y empieza tal que así: “Me violaron a los seis años ( ya añado que lo siguieron haciendo por otros cinco), me internaron en un psiquiátrico, fui drogadicto, alcohólico, me intenté suicidar cinco veces…” pero de fondo, cómo un motor a la vida, una energía convertida en un empuje vital que no es otra que la música, la música clásica pero no cómo nos las han trasmitido habitualmente, tradicionalmente, para nada es así.

 Es visceral, pura, bestial, transgresora… me ha encantado encontrar por fin en una publicación una interpretación de la música clásica mas o menos cercana a cómo yo la siento.

Y no es un libro estrictamente de música aunque esta, y algunos aspectos de la vida de los actores, conformen un enrejado entre el autor y todos estos elementos. Transformando el relato a ratos, en una maravillosa confusión que si dejas que te conduzca, terminará por trasmitirte (eso creo) el espíritu que empuja a a Rhodes a la hora de escribir su historia paralela a la de las músicas que le acompañaron de una manera especial a lo largo de su vida.

Si eres un melómano, y da igual de que género musical, este es tu libro.

 

Bueno, ahora me empiezan a venir a la cabeza otros títulos anteriores, algunos con mejor regusto después de leídos ( los que no entren por el ojo bueno, se quedan a un lado, ya está ) y no se si les dedicaré la misma atención.

Está por ver.

 

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Con la llegada de la primavera, y el día del libro en especial, parece que las ferias literarias se disparan. En las últimas fechas he tenido ocasión de asomarme a tres citas de este tipo, en espera ya de que llegue el próximo mes la Feria del libro de Bilbao.

El 21 de Abril fué un día del que guardaré un grato recuerdo. pòr la mañana tuve ocasión de asistir a una salida con un grupo de alumnos de 2º de ESO por los parajes principales de mis dos novelas, una experiencia curiosa y muy enriquecedora de la que ya dejé mis impresiones por esta web en el apartado del Blog, pero es que esa misma tarde presente Mentir es encender fuego en el barrio de Abusu – La Peña, de Arrigorriaga y Bilbao dentro de los numerosos actos que se programaron con motivo de su X Semana Cultural.

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Uno que es mas de escribir que de hablar de cara al público, solo puede decir que se encontró muy a gusto. Y no es que con el tiempo y a medida que se van sucediendo este tipo de presentaciones, se vayan cogiendo tablas, que también, lo que ocurre es que tuve un maestro de ceremonias, un presentador que se involucró de manera especial  con este acto, Edu, el mismo profesor de esos chicos a los que acompañé por la mañana.

Tuvimos ocasión de charlar e incluso discutir en el buen sentido de la palabra, sobre algunos aspectos de la novela e incluso a cerca del trasfondo de algunas citas de la misma. Eso claro está,  para un autor es genial, especialmente cuando quien lleva el peso del acto, además de leerse las novelas, acude con anotaciones en algunos pasajes, que al autor sorprenden y a los asistentes interesan. 

Era la segunda vez que acudía a la Semana Cultural, y si algo tengo claro, es que a futuro será una de las citas fijas, siempre que cuenten conmigo por supuesto, para eso lo que ayuda especialmente es publicar mas novelas y sobre eso algo hay que hacer, digamos que va siendo hora de retomar el siguiente proyecto, pero esa es otra historia.

Dos días después, me dejé caer por los puestos de venta de libros que en la calle Berastegi, en el centro de Bilbao, se levantan cada 23 de Abril con motivo del día del libro

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Es una fecha muy especial para el lector que gusta de coleccionar dedicatorias, pues tal día diría, que ningún autor se pierde la cita. La verdad que uno que no lleva demasiado tiempo en este asunto de la publicación, no deja de sentir una cierta extrañeza por pasar a ocupar el espacio en el interior de los puestos, junto a otros escritores, cuando hasta hace no tanto veía tal posibilidad cómo una simple quimera.

La cosa es que Mentir es encender fuego suscitó bastante interés, pero lo sorprendente es ver cómo aún El Sueño de Akala, y a pesar de llevar ya cuatro años en librerías, sigue llamando la atención. Así que ¡venga!, encantado de dedicarlos a pares.

Y ya cómo última parada de estas fechas, la feria del libro de Santurtzi, que se celebra entre el 6 y 15 de Mayo. No había acudido nunca y a pesar de que en los últimos años se ha reducido el número de puestos de venta que allí acuden, parece que goza de muy buena salud, al menos así lo indica el número de asistentes, otra cosa serán las ventas, pero diría que a pesar de toda la que nos está cayendo con este expolio al que le llaman crisis, los lectores acuden fieles a por ese singular placer, alimento o sustento, que solo se encuentra entre las páginas de los libros, cuando lector y autor, crean ese extraño e intemporal vínculo a través de la lectura, a través de la escritura.

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Lo de escribir libros tiene algunos pequeños “lujos” que no estarían posiblemente a mi alcance de no haber asomado la cabeza en el mundo literario. Es algo que agradezco de verdad y que me apetece compartir.

Una vez, no me acuerdo cuando, me dio por pensar ya entrado en la cuarentena, que me habría gustado ser maestro. Creo que tal idea apareció en mi cabeza cuando empecé a tomarme en serio lo de escribir. Cómo la mayoría de escritores, no vivo de lo que escribo, si no de otra labor que nada tiene que ver con ello. Quizá haber sido un profe de literatura o historia, pensaba, le daría alas a la creatividad, quizá la mía o la de otros. Nunca podemos estar seguro de en que medida podemos u otros pueden llegar a influir en la citada creatividad.

Reparo en tal cuestión, porque he participado en una salida con alumnos de 2º de ESO y sus profesores a visitar los parajes que rodean el castro de Malmasín, escenario de en mayor o menor medida de mis dos novelas publicadas, de ahí el “lujo” al que me refería al principio, porque lo es.

Tengo un par de hijos y la edad y las actitudes de estos chicos y chicas no me es para nada extraña, es mas, parecía que a ratos estuviese con los míos, pero si hubo una cosa que casi había olvidado de cuando yo tenía también 13 o 14 años, y es el “cómo ” éramos cuando íbamos en manada: Unos auténticos vacilones, y eso no lo puedo ver con mis chavales pues evidentemente no salgo con ellos y sus amigos.

Tuve que encajar alguna que otra vacilada, incluso recibí algún que otro comentario subido de tono por alguna de las mas atrevidas chavalas, que despertó la risa entre sus amigos y amigas, y en mi también, aunque ellos no lo viesen. Y cómo un nexo de unión que cohesionaba todo y a todos los que íbamos en aquella excursión, un profesor que era adorado por los chavales, que sabía pincharles y motivarles para mantenerlos activos, incluso a los mas pesimistas y perezosos ante la perspectiva de tener que subir a un monte.

Alguna vez tuve un profesor así, y este tipo es de esa casta de maestros a la que me me habría gustado pertenecer.

Pero volviendo al tema de la excursión, la cosa es que alcanzamos la cima de Malmasín, cada cual a su ritmo, y una vez arriba estuvimos un rato comentando aspectos del lugar, de la historia y de cómo era el mundo hace mas de dos milenios, cuando lo normal era vivir allí arriba y no en las vegas de un río, cómo es nuestro caso.

El mundo cambia constantemente, pero hay cosas que siempre se mantendrán, como el gesto por ejemplo el de estos chavales, que al alcanzar la cima vuelven la vista hacia abajo satisfechos por el esfuerzo empleado en superar el obstáculo de la pendiente. Los hay que hacen parecido a lo que a mi me gusta, abstraerse del bullicio de voces del numeroso grupo y mirar alrededor, mirar al mundo. Soy de los que piensan que desde la cima de cualquier cumbre, mirando a la lejanía, podemos encontrar cualquier cosa, especialmente sentimientos o ideas que escondemos dentro.

Les veía mirar así y no podía evitar pensar en algunos de los personajes de mis novelas, ya sé que son tipos que han surgido de la imaginación, condicionados por el propio relato, pero guardo algo de ellos dentro que me hace recordarlos cómo si en algunos casos, de personas se tratase.

Decía que los veía así, y me acordaba por ejemplo de Akala, pues comparten edad con este personaje, y dentro de cada uno de ellos los problemas, los anhelos o ilusiones, podían ser tal cual los de este muchacho, o cómo lo fueron los míos a su edad, aunque quizá aún lo sigan siendo. He crecido, mi cuerpo se sigue transformando, voy dejando cada vez mas atrás lo que era la juventud para adentrarme en el pantanoso territorio del que dicen se llama “madurez” y no logro entender porque el seso no lo ha hecho.

Menos mal que siempre nos quedará el monte, para que cuando nos sentemos en la cima para combatir la fatiga del camino, la inmensidad que se extienda a nuestros pies nos revele que si, que es cierto que formamos parte de algo muy grande.

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El próximo día 21 de Abril, jueves para mas señas, presentaré mi última novela en el barrio de Abusu – La Peña, un barrio a caballo entre las localidades de BIlbao y Arrigorriaga.

Estuve el año pasado participando en aquella edición de su “Semana Cultural” y este año repito con novela nueva bajo el brazo.

El acto será a las 19:30 en la carpa que Abusu Sarean, organizadores de estos eventos, levantan en mitad de la plaza, justo al lado del parque, un lugar bullicioso, bien habilitado con sillas para los asistentes y por el que ojalá el público se acerque, tanto a la presentación cómo  a la feria del libro que allí desarrollan a lo largo de toda la semana.

El dia en cualquier caso va a comenzar intenso, porque esa misma mañana he sido invitado a para acompañar a alumnos y profesores de 2º de ESO del instituto del barrio, a una salida al monte, a un espacio cercano que está presente en mis dos novelas, convertido en escenarios de las tramas de las mismas. Muy agradecido por el detalle.

Y después una nueva edición del día del libro. Este año el 23 de Abril cae en sábado, y la tarde de ese día estaré en uno de los puestos que Elkar Banaketa, levanta en Bilbao, en la confluencia de las calles Berasategi y Colón de Larreategi, junto a los Jardines de Albia, en el centro de la ciudad.

Si la casualidad, o la intención, os acercan por cualquiera de estos espacios en los que estaré los próximos días, os invito a  conocernos personalmente.

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