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De nuevo a la cita mas importante del panorama literario y musical de casa, a la 53ºedición de la Feria del libro y disco vasco de Durango.

Presentarme otro año mas, con otra novela recién publicada, sigue entusiasmándome como la primera vez, allá por 2012.

Unas semanas estas últimas bien cargadas de eventos, para dar a conocer mi último trabajo. Hoy por la tarde en Bilbao, en dos días en Durango… la siguiente semana otro encuentro mas, y este de un particular carácter musical…

Que no se puede estar uno quieto, claro que no, porque cualquier día de estos echo el freno ¡y a por otra novela!

Iremos macerando estas ideas que vienen y las dudas, las inevitables dudas que despiertan. Pero es que así crecen los libros, al menos en mi cabeza.

Daros una vuelta por la “azoka” si tenéis ocasión. Volveréis con algunos euros menos, pero bien empleados en algún que otro libro, sin duda.

En 2012, con El sueño de Akala en mi primera Azoka.

 

El valle de Bolintxu, toma su nombre del pequeño arroyo que lo cruza. Entre todas las curiosidades de este lugar, que como veremos tiene un altísimo valor ecológico, hay una muy curiosa, y es que este rincón se encuentra dentro de los límites de la ciudad de Bilbao.

Bilbao, capital industrial, económica durante siglos. Un lugar muy poblado en el que apenas se encuentran espacios no urbanizados, es verdad, pero un lugar que alberga un pequeño tesoro, un espacio natural que aún no ha sido destruído y que se mantiene “virgen”, tal cual que en cualquier punto de un remoto pasado.

Cuesta creerlo, es verdad. Lo cierto es que no tuve conocimiento real de su valor hasta hace unos años. Cuando estaba enfrascado en la redacción de mi primera novela, El sueño de Akala, incluí el valle de Bolintxu, por su proximidad con el castro del monte Malmasín (escenario principal de la obra) y porque era el lugar perfecto para la resolución de una de las tramas de la novela. Fue mas tarde, en el proceso de documentación para la conformación de la web http://www.elsuenodeakala.com cuando descubrí todo su valor ecológico.

Me sentí contrariado al hacerlo, tantas veces subiendo desde muy pequeño al monte Pagasarri que corona este valle, recorriendo todos sus alrededores y no tenía conocimiento del tesoro natural que teníamos alrededor. Fue también entonces cuando supe el importante riesgo que corría de desaparecer. De ello se habla en el documental cuyo enlace dejo al final de este escrito, y que por supuesto os invito a ver.

No soy contrario, por supuesto a la creación y mejora de las infraestructuras. Considero necesarias las autopistas, pero siempre intentando hacer las cosas con cabeza y minimizando el impacto ambiental. La mayoría de las veces, esto se podría hacer, pero es verdad que en ocasiones choca con intereses particulares. Hablando claro, todos hemos visto que en multitud de ocasiones el negocio está para los promotores de las obras, para los asignatarios… No diré que esto sea así en este caso concreto, porque no puedo saberlo, aunque otra cosa es la intuición que algunos proyectos despiertan, máxime al conocer algunos datos que se exponen en el documental mostrándose arrolladores.

Entrando de lleno en la resolución de este asunto. Está claro que la obra se va a hacer finalmente, la clave puede ser por donde hacerla. Desde la ignorancia de quien no se maneja en este tipo de asuntos, creo que es perfectamente viable que el acceso de la llamada “supersur” con la AP-68, se realice en la intersección que esta tiene con la A-8, antes de los túneles de Malmasín. De tal manera que el valle de Bolintxu quede si afectar. Después, ya pasado el valle, tal y como creo que se tiene proyectado a futuro, que se continúe con la prolongación de esa autopista, si es que sigue siendo necesaria. Lo que no podemos hacer bilbaínos y demás gente del entorno, es mirar para otro lado y ser tan torpes como para consentir en cargarnos un lugar como el valle de Bolintxu.

Defendamos lo nuestro, defendamos estos “oasis” que increíblemente sobreviven en los espacios urbanos, No seamos tan tontos de tirar a la basura algo de tanto valor. Se puede buscar el equilibrio entre las necesidades de infraestructuras y las otras necesidades que como pobladores de este planeta también tenemos.

PINCHA AQUÍ PARA VER EL DOCUMENTAL “EL ÚLTIMO VALLE”

 

 

Pues nunca le hice caso a la fiesta esa del Halloween. Bueno ni yo, ni millones de mi generación. De los mayores ni te cuento y con algunos mas jóvenes, mas de lo mismo. No le hacíamos caso porque sencillamente no existía. Las nociones que nos llegaban de “eso” era por la televisión, por las series o películas estadounidenses en su mayoría.

La víspera de la fiesta de difuntos del uno de noviembre era eso, la víspera de un día festivo, pero un día en el que de crío percibía un halo triste, el motivo es obvio. En mi manera de ver la vida o la muerte, los años fueron vaciando esa jornada de su contenido fúnebre, hasta quedarse hoy en nada.

En nada de nada, que aunque todos tenemos seres queridos fallecidos, días para recordarles pueden ser cualquiera, pero por supuesto y con todo el respeto, entendiendo que cada cual vive estas experiencias a su manera.

Así que lejos ya de otorgarle al uno de noviembre la mas mínima relevancia, como a cualquier otra fiesta religiosa, fue la llegada de mis hijos a mi vida, lo que me ha hecho replantearme como mirar esa fiesta tan popular en otros lugares del mundo, que llaman Halloween.

Durante un tiempo les intentaba hacer comprender, que esa fiesta que ellos creían que era, no lo era aquí, que les había llegado por la televisión especialmente, que no iban a ver a nadie disfrazado, que los chavales no iban a ir por las casas pidiendo caramelos, que todo era mentira, casi un engaño… y me equivocaba. A pesar de ser pequeños defendían esa fiesta, y es mas, proclamaban su derecho a vivirla.

¿Que podemos decir? ¿Que eran manipulados? ¿Que adoptan unos usos foráneos, que merman quizá una manera de ser propia? (No me digáis que no habéis oído cosas así o peores)  puede ser en parte, pero no nos hagamos trampas, que a los demás también nos las han colado en alguna ocasión, y muchas veces con gusto.

Unas veces por la música, otras por las modas… y es que aunque intentemos mantenernos en un círculo de autenticidad, no somos impermeables. Ni aquí, ni en ninguna otra parte del mundo, claro que no, lo que ocurre que cada época tiene sus gurús. Hace siglos los exportábamos de aquí al nuevo mundo con cruces y rosarios, y ahora los importamos pero con una amplitud de oferta que abarca ya, cualquier orden de la vida.

Aunque se adopten usos de otros lugares, no creo que los propios estén en peligro de desaparecer. Mas me preocupa la restauración en los jóvenes de un pensamiento liberal e individualista (¿veis? cada cual tenemos nuestras fobias), pero ese no es el caso ahora, que de lo que hablo básicamente con esta celebración es de cachondeo.

Finalmente, lo tuve claro cuando uno de los dos mozos me lo explicó con naturalidad, y eso que solo tendría nueve o diez años: “Es que esta fiesta es divertida, te disfrazas de vampiro o de monstruo, o de zombi… es mejor que las otras, y nos lo pasamos bien”

Bueno, pues ahora vamos y les decimos a los chavales que nuestras fiestas son la semana santa, la virgen del nosequé, la navidad…

Se lo decimos a sabiendas que en unas y otras hay un trasfondo consumista, en distinto grado pero lo hay. Eso es innegable sí, pero…  son vacaciones y eso no se negocia, otra cosa es que para algunos, el espíritu religioso de esas celebraciones ni esté ni se le espere, en cambio iniciativa para pasarlo bien, nunca falta.

Así, que me estoy pensando en hacerme de su bando, que aunque nunca me he disfrazado en esa fecha ni creo que lo haga a futuro, paso de cortarles la alegría con monsergas de autenticidad, cuando lo único que quiere la chavalería es pasarlo bien.

Y es que si pongo en un plato de la balanza  las máscaras, o los colmillos, o las capas de vampiro y en otro, los ramos de flores, o el peregrinar a los cementerios o la angustia… creo que lo tengo claro.

¿Truco, o trato?

 

Mozoilo Irratia, recoge en su web información sobre la próxima presentación de Siete cuerdas en la casa de cultura Torrezabal, de Galdakao, que será el martes 20 de noviembre a las 19 horas.

Y ya de paso, una breve reseña sobre esta novela y las webs del autor.

 

LEE AQUÍ LA NOTICA, EN MOZOILO IRRATIA

El 21 de Octubre, aparecía este artículo en las páginas del suplemento dominical de El Correo, desvelando alguna curiosidad que les revelé a la hora de encarar la escritura, y sobre como percibo el papel que pueden tener las páginas web que mantengo por cada una de mis novelas.

 

 

Transcribo la entrevista que hoy sale publicada en Bidebieta Irratia.


LEER LA ENTREVISTA EN BIDEBIETA IRRATIA


 

 

Francisco Panera: “Nunca imaginé la gran conexión que se puede establecer con el lector”

Por Silvia Andrés

Nacido en Bilbao en 1968, el basauritarra Francisco Panera acaba de publicar su tercera novela ‘Siete cuerdas’ (Nova Casa Editorial), “un viaje por el convulso final del siglo XVIII y por su música”, explica. Panera presentará su nuevo trabajo el próximo 8 de noviembre en el Kultur Etxea de Ibaigane (19:00 horas). Mientras tanto, puedes ver contenidos extra en la web www.sietecuerdas.com

La música es una de las grandes protagonistas de la obra. En aquel tiempo la música no podía ser capturada en grabaciones, por lo que era un acontecimiento único e irrepetible. Ese concepto sobrevuela la trama de la novela y de sus personajes. Los protagonistas son dos músicos entre los que hay una relación amor-odio que solo la música parece capaz de sostener. Mas que un argumento mas o menos atractivo lo que realmente creo que puede enganchar al lector y con lo que mas disfruto como autor, es dando vida a tantos personajes, algunos ficticios obviamente, pero un buen puñado de ellos son históricos y eso siempre es un reto.

¿Por qué lugares se desarrolla la historia?

El viaje parte de una aldea en Zuberoa, pasando por el París revolucionario, la Viena amable y musical donde Mozart está a punto de estrenar su última ópera. Posteriormente el relato acompaña a una orquesta que viaja por Francia ocultando en su seno a huidos de la justicia revolucionaria, hasta que la guerra que estalla entre la república francesa y el reino de España, tras la decapitación de Luis XVI, provoca un giro en la narración. Ahí la acción se desarrolla a los dictados de la guerra hasta que esta historia llegue a un Bilbao invadido por el ejército revolucionario francés.

Es ya tu tercera novela, y como en ‘Mentir es encender fuego’ y ‘El sueño de Akala’ se trata de una novela histórica. ¿Qué es lo que te gusta de este género?

Me resulta muy estimulante recrear el pasado pero siempre con personalidades en los personajes que considero intemporales. Huyo de ceñirme a ideas preconcebidas que nos han sido inculcadas, normalmente porque se establece un credo oficial de como era, o como se pensaba, o como se vivía en tal o cual época. Este género me permite viajar al pasado y adoptar la historia comúnmente aceptada de ese tiempo solo para trazar el rumbo del relato. Una vez sumergido en él, dar forma un universo de sentimientos o actitudes que puedan incluso confrontar contra el concepto que tengamos de aquellos tiempos. Quiero que el lector, pueda reconocer entre las páginas de la novela, actitudes o situaciones que a pesar de la distancia en el tiempo, le sean comunes.

¿Cómo te inspiras, investigas y cómo trabajas este tipo de novela?

Lo de la inspiración es el gran misterio, ¿de donde surgen las ideas? ¡Quien sabe! En mi caso transcribo las ideas que me sobrevienen y que dan pie a un breve relato. Algunos quedan en nada, otros evolucionan y se adaptan a lo que después puede llegar a ser un novela. Pero el paso importante y definitivo es decidir en un momento determinado la dirección que seguirá una futura novela, después llega la labor de documentación. Con tres novelas hasta ahora, podría decir que cada una me ha llevado aproximadamente un par de años de trabajo, quizá un poco mas. De ese tiempo, los primeros meses son para documentarse. Leo muchos, pero muchos libros relacionados con el argumento, tanto de historia, como ensayo, consulto todo tipo de fuentes que me puedan aportar datos, visito escenarios de la futura novela, consulto archivos históricos para argumentar la acción o incluso encontrar en ellos, como ha sucedido en Siete cuerdas, personajes que después aparecerán en el relato. La labor de documentación es amena para un aficionado a la historia como soy. Siempre asoman en esa investigación nuevas ideas. ¡Y después a escribir! Aunque seguiré documentándome a medida que surgen dudas, porque la escritura a veces es un ejercicio de libre albedrío, impredecible.

¿Tienes autores de cabecera de este género?

Normalmente las obras de los autores muestran una evolución a lo largo de sus vidas y soy mas de novelas concretas que de autores, pero vamos, que Robert Graves ha escrito la mejor novela histórica que he leído, ¿a que os suena ‘Yo, Claudio’? Es magistral. Yourcenar, Posteguillo… ¡hay tantos! Julio Llamazares con su ‘Luna de lobo” , o incluso Ken Follet, con ‘Los pilares de la tierra’, una obra tan criticada como ensalzada, yo soy de estos últimos. Otra cosa es lo que vino después, pero abrió una senda que otros autores han seguido. Y no me voy a olvidar por supuesto de Toti Martínez de Lezea, que además de ser de casa, ha escrito novelas geniales.

A nivel de Euskadi, ¿hay muchos autores que toquen este género? ¿Crees que goza de ‘buena salud’?

Vaya por delante que leo de casi todo, no solo novela histórica, pero tengo claro que aquí Toti es un referente, pero hay mas autores. Ocurre que se tiende a situar la novela histórica bastante alejada en el tiempo, y no comparto esa idea. Nuestra historia reciente da pie y lo seguirá haciendo, a la publicación de grandes obras literarias, estoy seguro. Añadamos a eso, que cada vez se escribe mas, pues nunca había habido tantos autores y tantas publicaciones. Otra cosa es como llega todo esto al público, porque salvo en autores consagrados, las editoriales tienden a realizar ediciones cortas al tiempo que publican un mayor número de títulos. Sinceramente creo que la literatura vasca en general goza de muy buena salud.

¿Qué impresiones recibes de los lectores desde que comenzaste a escribir?

Es lo mejor. Cuando publicar una novela era solo un sueño, no me imaginaba la conexión que se puede establecer con aquel lector que se toma la molestia de enviarte un correo electrónico, o con el que conversas y comparte la experiencia de leer algo que has escrito. Gracias a ellos he descubierto autores y lecturas a las que seguramente no me habría acercado.

Basauri ha sido protagonista en tus novelas. ¿Crees que es un lugar ‘literario’?

Esta última novela esconde “alguna” sorpresa al respecto. Los lectores de mis anteriores trabajos reconocerán algún que otro guiño que espero sea de su agrado. Son muchos los escenarios de esta novela, pero ya os adelanto que el San Miguel de Basauri de finales del XVIII, Bilbao y otros lugares cotidianos para los de por aquí, asoman por las páginas de ‘Siete cuerdas. Y por supuesto que es un lugar literario, baste recordar “La banda de Arruti”, última novela de otro basauritarra, Jon Arretxe. Novela negra, canalla y muy divertida ambientada en plenos Sanfaustos. Si no la habéis leído, ya estáis tardando.

Has publicado tres novelas en 6 años, ¿cómo se compagina el trabajo de escribir con tu ocupación?

Es muy sacrificado pero lo hago. Un trabajo a turnos condiciona totalmente las horas de descanso, las relaciones con tu entorno cercano e incluso el ocio. Escribir una novela roba mucho tiempo y ciertamente renuncias a otras cosas. Tardé muchos años en descubrir que escribir era mi pasión. Ahora al ser y sentirme escritor procuro disfrutarlo sin por ejemplo, descuidar mi vida social. Necesito de mi gente, debo divertirme, ¡claro que si!, pero no me ato al escritorio por ser mas prolífico, y reducir el intervalo de publicación entre mis novelas. Seguiré inventando historias y personajes, pero nunca al precio de descuidar a los amigos, a la familia. No hay nada mas importante.

En apenas 24 horas, un par de referencias a Siete cuerdas en los periódicos Basauri Hoy y Crónicas de Basauri.

Como siempre muy agradecido.


Crónicas de Basauri, edición octubre 2018

 

 

Basauri hoy, edición octubre 2018.

Apenas hace unos días que Siete cuerdas, mi tercera novela, ha llegado a las librerías. A la par que ella, lo hace unos días por detrás su página web.

Quienes hayan seguido un poco mi trayectoria literaria, saben que a cada novela que he publicado, le ha acompañado una página web en exclusiva para que fuese su imagen virtual en la red.

Nunca se ha tratado de que fuesen solo una referencia mas a las novelas, lo que he buscado transmitir en ellas es todo aquello que se queda fuera de una novela histórica. Hablo principalmente de la documentación, del como se ha hecho, o del como se llega a tal o cual trama en función de los hallazgos que el proceso de documentación aporta.

Sé bien que no es algo usual, pero como lector, siempre me ha parecido interesante saber donde bucean los autores para descubrir datos y personajes reales que después enriquecen sus relatos, una cuestión que siempre me ha parecido muy interesante.

Es por ello que como autor, he intentado siempre aprovechar la oportunidad que da tener una web dedicada a un libro en exclusiva, para desgranar algunos de sus secretos, aunque no todos, por supuesto, no todos que esto es literatura, es inventiva, fantasía y hay que fantasear, por supuesto que si.

Ahora os quiero presentar la web de Siete cuerdas, http://www.sietecuerdas.com.

En realidad se podría decir que sigue la estela de mis anteriores trabajos ( http://www.elsuenodeakala.com y  http://www.mentiresencenderfuego.com ) pero aquí vais a encontrar además de algunos datos curiosos sobre la novela, un poquito de la música que desfila por el texto. Una música que solo la podéis intuir al leer sus páginas, pero que aquí y a capricho del autor, es verdad, quiere ser un plus para aquellos lectores que les resulte curioso ir un poco mas allá del relato de una novela.

Ayuda mucho la complicidad que se ha creado entre este que escribe, el autor, y el responsable de dar forma a las webs que mantengo. Todas ellas han sido diseñadas por la misma persona, y aunque he sido yo el que las ha dotado de los contenidos, y desde su puesta de largo las va enriqueciendo poco a poco, ha sido José Manuel Sampayo, padre informático de estas criaturas, quien recabando datos que le ofrecía, desvelándole aspectos de cada nueva novela, les daba su forma particular en este mundo digital.

Por ello tanto la web que mantengo como autor, como las de mis posteriores novelas son tan diferentes, pero todas manteniendo una personalidad propia, cuestión por la que estoy muy agradecido. Llegado el momento de empezar a componer la web de Siete cuerdas, y sabedor el técnico de la importancia que la música iba a tener en esta ocasión, me sorprendió la conexión que se ha creado entre ambos, al vislumbrar el diseño que iba a tener, que apenas ha sufrido modificaciones.

Así que volviendo a lo literario os diré que Siete cuerdas es un cuento, un cuento ambientado en una época convulsa, entre una revolución y  una guerra, entre la sombra de un crimen y una lucha contra la propia conciencia, eso es así, pero al tiempo mantiene un rumbo, un norte concreto a lo largo del relato.

Esa trayectoria se realiza al ritmo de la música y de la singularidad que este arte tuvo a lo largo de del tiempo hasta que fue posible capturarlo en grabaciones. La música tal y como la podemos entender hoy en día, nada, absolutamente nada que ver tiene con lo que fue en el pasado.

Ponte en situación, vives en un tiempo pasado, una época en la que aún no es posible hacer de la música algo doméstico, pues no existe aún ningún medio para enlatarla, para grabarla. Acudes a un concierto y allí tienes la ocasión de deleitarte con algunas piezas hermosas, son obra de… (elige  tu mismo el autor, o las piezas en cuestión). La cuestión es que tras finalizar el concierto, aún queda algo de esas melodías en tu memoria, especialmente una sensación placentera, ya que el concierto ha sido de tu agrado. También queda algo de la melodía, recuerdas algunos acordes y puedes tararearlos al marchar, ¡intentas sí! retenerlos en tu memoria pero sabes, que el paso del tiempo, el discurrir de los días irá desdibujando aquellos sones de tus recuerdos.

¿Qué te queda ahora?

Es por ello que la música, en mi opinión, era un acontecimiento único cada vez que se acudía a una representación, porque aunque es posible que  alguna melodía vuelva a tus oídos en un futuro, para tu recuerdo la mayoría se perderá para siempre.

Ahí reside el espíritu de Siete cuerdas y esa es la lucha que mantienen sus personajes. No es cuestión de que la compartas, solo de que  entiendas porqué se rendían ante un arte tan cruel, un arte que solo existe mientras se interpreta… y después desaparece.

Y ahora si, ahora te invito a que entres en www.sietecuerdas.com

ENTRAR EN SIETE CUERDAS

 

En tan solo una semana, ya estará a la venta Siete cuerdas, la novela en la que he estado trabajando estos últimos dos años.

Muy ilusionado por ver hecho realidad este sueño, pues cada nuevo proyecto, cada novela que continúa tras la estela de la anterior, alberga en ella cientos de horas de trabajo de documentación, de horas robadas al sueño, a la familia… pero algo tiene esta pasión por escribir, que a pesar de las dudas que en ciertos momentos de la redacción de cualquier libro se despiertan, empuja a clarificarlas y convencerte día a día, de que el escribir forma parte de la propia naturaleza.

Todo un premio haberlo descubierto.

La novela está disponible en venta on line, tanto en papel como en formato electrónico, pero te animo también a que la solicites en cualquier punto de venta, en

la librería mas cercana con las referencias habituales de título , autor e ISBN.

SIETE CUERDAS – Francisco Panera – ISBN: 978-84-171142-89-6

Estalla la revolución, anhelos de justicia y libertad brotan en las mentes de los hombres. El rey de Francia acaba de ser ajusticiado, cuando dos viejos conocidos se reencuentran tras una traición, dos hombres que comparten dos sinceras pasiones: música y revolución.

¿A cual de esas dos damas rendir amor incondicional?

Siete cuerdas es un viaje por la música y por el convulso final del siglo XVIII.

Desde una aldea en los pirineos, a orquestas de París y Viena, al último estreno del compositor W.A. Mozart, acompañando a una orquesta errante por la Francia revolucionaria, y que oculta en su seno a huidos de la justicia, hasta que siguiendo el rastro de la guerra, llegue la estela de un crimen y traición a un Bilbao ocupado por tropas francesas.

Pero el espíritu de Siete cuerdas se rinde a la singularidad que mantuvo la música, hasta que fue posible “capturarla” en grabaciones.

Los músicos saben que tras el concierto, el público intentará retener la música en su memoria, pero será una lucha condenada al fracaso. Resignados ante un arte tan cruel, que solo existe mientras se interpreta.

¿A donde ha viajado esa música entonces? Solo los músicos, capaces de retenerla en el recuerdo, conocen la respuesta.

En tal caso… ¿quien no querría ser como ellos?

 

Cuando estaba enfrascado en la redacción de Mentir es encender fuego, (Nova Casa Editorial 2015) me pareció adecuado incluir de manera destacada algunos parajes geográficos por ser testigos próximos al relato de la leyenda en la que se inspiraba la novela y confieso que también por pura conveniencia, convencido de que estos lugares realzarían la trama de la historia.
Hoy escribo de uno de ellos, de un lugar que últimamente tiene una presencia mediática que a los cercanos nos resulta chocante, aunque si reflexionamos un poco, es lógico que la belleza agreste que ofrece, le convierta en uno de los puntos mas destacados de la costa vasca y mas turísticos y fotografiados del litoral cantábrico.
Gracias a la novela, dejé de verlo como lo que decían que era, para verlo como lo que creo que fue.
Gaztelugatxe es un lugar distinto, especial, como los que hay a cientos repartidos por el mundo ciertamente, pues este es uno mas.gaztelugatxe aerea
Se trata de un islote, desgajado del continente al que permanece unido por un puente de piedra, levantado sobre un lecho de rocas que forman un istmo, un estrecho y sinuoso paso que anterior al puente. aparecía y desaparecía con el ciclo de las mareas.
Sobre el promontorio actualmente existe una ermita, construcción heredera de otras que ocuparon la cima anteriormente.
Con los datos que disponemos, se calcula que la primera de esas ermitas fue construída allá por el siglo IX, lo cual era genial para que apareciese en la novela pues coincide en el tiempo con su historia y su leyenda.
Muchas construcciones de carácter religioso, tuvieron también un uso militar debido a sus emplazamientos y no hace falta echar demasiado a volar la imaginación para comprender el sentido del nombre de este lugar por su carácter inexpugnable.

Hay dos acepciones o interpretaciones a tal posibilidad. La palabra en euskera Gaztelugatxe se puede referir gaztelu = castillo y la terminación -atxe = piedra, traduciéndolo como castillo de la piedra o la peña del castillo, según la libertad con que lo hagamos,
Pero también cabe interpretar como gaztelu = castillo, y gaitz= “difícil o terrible”, es decir “castillo peligroso”. Así que parece claro que el origen del nombre se basa en la anterior existencia de un “castillo” en ese lugar, algunos episodios a lo largo de la historia así lo corroborarían.
Existen documentos que en mitad del siglo XI se refieren a tal lugar como San Juan del Castillo. En el siglo XIV, el señor de Bizkaia Juan Núñez de Lara se refugió en él acosado por las tropas del rey castellano Alfonso XI. Incluso en el siglo XVI se le atribuye al pirata inglés Sir Francis Drake un asalto a este lugar. Posteriormente se sucederían nuevos intentos ingleses por asaltar esta roca.
Está claro que es un sitio ideal para novelar con él y su historia, pero dejando de lado ese pasado batallador, creo que cualquiera cuando alcanza la cima de este peñasco, no puede esquivar un sentimiento especial.
Básicamente se trata de un lugar muy hermoso y no es de extrañar, que a lo largo del tiempo los hombres buscasen en lugares cómo este, espacios para dar rienda suelta a su espiritualidad.
Por ello en la novela aparece como un lugar de culto pagano, antes de que el credo cristiano lo transformase en propio.
El método era sencillo de argumentar, especialmente si venía acompañado del uso de la fuerza. Por tanto carecía de importancia lo disparatado de la historia que diese sentido a seguir ocupando un espacio de culto que ya lo era antes de que la fe cristiana comenzase a extenderse por el mundo.
Podemos imaginar lo poco afines que fueron en aquellos tiempos las gentes a cambiar su concepción espiritual de la vida y el mundo. De ello da testimonio como en el norte peninsular y especialmente en algunos lugares del territorio vasco, siglos después de la total implantación del cristianismo, los llamados credos paganos, aún seguían teniendo un buen número de seguidores, Tradiciones mantenidas en secreto, o bien camufladas y asumidas por aquella iglesia como propias para que en un asombroso ejercicio de cinismo, el transito de unas creencias a otras fuese un éxito.
Algunas de ellas han llegado hasta nuestro presente de una manera asombrosa e invitaría a cualquiera que estuviese interesado a indagar por ejemplo los motivos de la presencia de curiosas especies de árboles, digamos el Tejo, al lado de tantas iglesias y ermitas por todo el norte peninsular.
Una vez hecho, es posible que cambie la perspectiva de las líneas anteriores, y constatemos que fueron las construcciones religiosas las que se arrimaron a los Tejos.
Es así que Gaztelugatxe, como otros lugares cercanos, ya eran lugares en los que los hombres y mujeres de remotos tiempos subían para… ¿podemos decir orar?
Es posible, o quizá solo para buscar instantes de introspección, lo mismo que cuando cualquiera de nosotros al alcanzar la cima clavamos la mirada hacia el horizonte, deleitándonos con el espectáculo eterno del mar, con los acantilados que quedan a nuestras espaldas o con el rumor de las olas que rompen furiosas contra la base del islote.
Por eso sube allí el personaje de“Lope Fortún”, encontrándose con un par de tipos que se empeñan en apropiarse de aquel espacio para su credo levantando una pequeña ermita, y así poder arrebatárselo a los que ellos llaman “paganos”.gaztelugatxe1
Es gratificante escribir sobre lugares conocidos para ubicarlos tan lejanos (a mas de un milenio) en el tiempo. Describirlos tal cual son ahora, aunque insertando alguna variante que la imaginación y la lógica se encargan de aportar. Pero la fuerza de las olas, del viento, la sensación de euforia al vencer el agreste desnivel se guro que no ha variado con el paso del tiempo.
Decía al comienzo que últimamente está teniendo el lugar una gran presencia mediática. Ha sido escenario de varias películas y la guinda la ha puesto la serie Juego de Tronos al convertir Gaztelugatxe en Rocadragón. Los dragones que sobrevuelan la fortaleza de ese islote se han convertido en un nuevo reclamo, en un motivo para que miles de turistas colapsasen en periodos vacacionales ( y este verano ocurrirá lo mismo) los accesos a este lugar.
Está claro que algo ha cambiado. Hace años, éramos los de la zona los que llevábamos a quienes nos visitasen a conocer ese paraje. Esto del turismo masivo no lo conocíamos y por tanto aquellos amigos o parientes que venían a pasar unos días con nosotros, se sorprendían gratamente cuando descubrían desde la carretera que sobrevuela el acantilado, la silueta singular de Gaztelugatxe.
Después bajábamos por una estrecha carretera, antes hasta los coches podían hacerlo, y luego emprendíamos la subida.
He realizado varias veces esta excursión, casi siempre con el mismo objetivo y creo que en todos aquellos a los que acompañé, observé una expresión parecida.
Solo es un lugar más de los muchos hermosos que hay en el mundo, solo uno más.
Pero lo es.
Solo resta animaros a quienes no lo conozcáis a que si se os tercia en alguna ocasión, no perdáis la ocasión de hacerlo.
Y a aquellos que lo conocéis, a que si regresáis a su cima, reconozcáis en ella los lances que aparecían en “una novela” si es que esta fue de vuestro agrado.

Mentir es encender fuego, capítulo 8 (fragmento)

“En su descenso del acantilado constató que había alguien realizando algún trabajo en la cima de aquel peñón que parecía flotar sobre el mar como un barco amarrado a tierra.
(…)
Justo frente a él comenzaba el pequeño istmo para acceder al islote. Este paso no era otra cosa que un montón de piedras arrastradas por los fuertes oleajes que se habían acumulado sobre las rocas que surgían de las propias aguas.
El recuerdo de aquel lugar cuando lo visitó en su niñez con sus padres era diferente, era verano, el mar estaba en calma y la marea muy baja.
Ahora el continuo batir de las olas le hacía temer ser arrastrado por ellas. Al llegar a la mitad del paso observó aliviado una aparatosa pero útil pasarela, lo que le permitió completar el paso sin mayor contratiempo a la base del islote. El desnivel a salvar era de casi cien metros. Alzó la vista buscando la cima pero quedaba oculta por la curvatura de la pendiente. Ante él comenzaba una empinadísima senda con abundante gravilla. Le resultaba casi increíble que hubiese estado allí con sus padres siendo un niño, aunque tenía el vago recuerdo de que lo hizo sobre las espaldas de su progenitor. Comenzó el ascenso ayudándose de unas sogas que, bien dispuestas en los lugares más complicados y sujetas al suelo por estacas, permitían sujetarse y no caer al vacío. En los lugares que la roca lo había permitido, aparecían esculpidos algunos escalones. Ciertamente su tío se estaba tomando muy en serio habilitar un acceso hasta la cima.
A pocos metros de la cima reconoció su voz.
—¡Alto ahí! ¿Quién eres y qué has venido a hacer aquí?
Lope alzó la mirada descubriendo a un par de frailes. Uno de ellos era enorme, tanto a lo alto como a lo ancho, y blandía amenazante un martillo de cantero. El otro era algo más bajo pero de complexión robusta también, como su compañero, le cerraba el paso a la cima sujetando un pico.
—¡Buenas tardes lo primero! Soy Lope Fortún, hijo del señor de Busturia y, si los años aún no te han hecho mella en la memoria, igual hasta te acuerdas de que soy tu sobrino, así que mejor si os echáis a un lado porque voy a subir —les advirtió seguro.
Los frailes retrocedieron y dejaron que Lope ganase la cima. Nada más llegar al alto se dobló fatigado para recuperar el aliento.
Juan de Arrázola observaba con gesto grave a Lope. En otro tiempo habría respondido socarrón a la broma del joven, pero aquellas actitudes formaban parte de un lejano pasado para él, ahora era otro hombre. Bajó el pico y con la mirada instó a su enorme ayudante a que hiciese lo propio con el martillo.
—¿Qué hacéis aquí arriba? —preguntó Lope recuperado de la fatiga.
Su tío miró alrededor invitando con su gesto a que Lope hiciese lo mismo.
La cima no tendría más de veinte metros en su parte más larga y unos diez en la zona más ancha. El terreno había sido nivelado, y presentaba en su mayor parte un adoquinado un tanto hosco pero que bien cumpliría su función. Frente a él había un rectángulo perfectamente delimitado en el suelo a cuyo alrededor se estaban construyendo unos sólidos muros que aún no levantaban más de un metro del suelo.
—¡Construís un templo! —afirmó con cierto tono de admiración por la osadía de aquellos dos frailes.
—Una ermita —respondió Juan de Arrázola.
—Una ermita en honor a San Juan —añadió el otro fraile balbuceando.
Ahora Lope le dedicó una mirada exhaustiva. Sin ninguna duda su padre se lo había descrito muy bien unas semanas atrás cuando supo que el marido de su difunta hermana se había instalado allí y planeaba construir un templo sobre el islote para cristianizar aquel lugar tan simbólico para los seguidores del antiguo credo como él.
—Se ha buscado una especie de oso para que le sirva como burro de carga en el trabajo. ¡Ese cabrón de Arrázola solo ha venido a jodernos! —decía su padre colérico—. No tienen bastante con sembrar cada rincón con ermitas e iglesias, que también tiene que haber un imbécil que se aventure a hacerlo en medio del mar. ¡Y no podía ser otro que Juan de Arrázola! El miserable que le dio una vida de mierda a mi hermana, que de repente un día —proseguía aflautando la voz para conferir más ridiculez al proceder de su cuñado— abandona su vida de mercenario y, para lavar su conciencia, se nos hace fraile.
La devoción que mantenía Fruiz con aquel paraje era algo notorio. Admiraba aquel lugar tan hermoso y era por ello que en varias ocasiones había acudido allí a orar y escuchar las voces del mar y la tierra, del viento y del cielo, manteniendo una espiritualidad que no había logrado despertar tan intensa en su hijo como se manifestaba en él y, en menor medida, en su esposa.
—¿Así que en honor a San Juan, eh? Pues has escogido el emplazamiento más sencillo. —sentenció irónico.
—No se trata de sencillez, se trata del reto que es construir un templo aquí, en medio del mar… Este lugar tiene algo, este lugar es…
—Un lugar de culto —contestó rotundo Lope.
—Lo será.
—Siempre lo ha sido tío, bien que lo sabes —respondió irónico rememorando las palabras de su padre.
—No entiendo qué quieres decir —contestó retador, poniéndose con los brazos en jarra, gesto que imitó de seguido su ayudante.
Lope sonrió tímidamente, no iba entablar una batalla dialéctica por un tema que en cierta medida ni le iba ni le venía. Aun así reconocía el tesón de aquellos dos a los que imaginaba realizando multitud de viajes subiendo los materiales necesarios para la construcción.
—¿Y cuánto tiempo lleváis enfrascados en esta labor? —cuestionó buscando que el registro de la conversación discurriese de manera distendida.
—Casi un año ¿no es así? —respondió su tío.
—En otoño hará un año —contestó su ayudante.
Lope se puso a caminar comprobando los trabajos. Realmente aquellos dos sabían desempeñar el oficio de constructor, las piedras que componían lo que conformarían las paredes estaban bien labradas, parecía que gran parte de ellas las estuviesen extrayendo de la misma cima; otras, sin duda, habían sido transportadas hasta arriba. Toda la obra presentaba un buen aspecto.
—Dura tarea… ¿No habéis pensado en pedir ayuda?
—No, esto es cosa nuestra.
—Ya, pero me temo que si lleváis a buen término la labor, será entonces cuando algún obispo, o quizás algún oportunista, se quiera arrimar.
Su tío mudó el rostro a colérico. Sin duda tal idea habría pasado alguna vez por su cabeza.
—Es cierto que ahora solo soy un humilde fraile, pero también sigo siendo Juan de Arrázola y no creo que eso se le olvide a nadie —respondió apretando los puños alrededor del mango del pico—. En este mundo es muy común eso de acercarse a disfrutar del fruto cultivado por otro cuando ya está listo para ser degustado. Es común y pecado también, por muy obispo o noble que fuese quien lo intentase. Lo que cuenta es que esta es una obra que perdurará por los tiempos venideros.
—No estaría tan seguro, es un buen sitio para construir una fortificación —argumentó Lope.
—Podría ser, pero si fuese menos agreste. Ya has visto cómo es el acceso.
—Sí, pero lo que es inaccesible ahora, dentro de poco quizás no lo sea. Veo que en algunos puntos habéis comenzado a labrar en la piedra una escalera.
—Al principio, cuando íbamos habilitando el terreno, solo subíamos una vez al día. Lo hacíamos con el alba y, cuando el sol se ponía, bajábamos a la cabaña.
Lope asintió.
—Allí he dejado mi caballo.
—Pero ahora —continuó el ayudante de su tío—, debemos subir y bajar varias veces a lo largo de la jornada acarreando materiales. La construcción de una escalera en los puntos con más pendiente se hace necesaria.
Lope asentía interesado. Cuando les mostró la posibilidad de que aquel lugar, ya con un acceso transitable, se transformase en un punto a levantar una fortificación, lo hacía simplemente pensando en voz alta. Quizás sería un proyecto nada a desdeñar en el futuro.
Al oeste, el sol comenzaba a ocultarse tras los montes de Bakio, sin llegar aún a ponerse sobre el mar como ocurría en el periodo estival.
—Aún no nos has dicho a qué has venido —le cuestionó su tío.
—A orar.
—¿A orar? ¿Eres uno de esos paganos? —le preguntó apretando los puños.
—No —contestó Lope sin tener la absoluta certeza de si lo era o no, pero no convenía menoscabar el ánimo de su pariente—. Es un buen sitio y he venido a recogerme.
—Antes has dicho que era un lugar de culto, ¡y que lo era para los paganos! —insistió el otro fraile.
Lope les sonrió.
—¡Veis como lo sabíais!
—Claro que lo sabíamos, por eso estamos aquí, ¡para cristianizarlo!
—Ya, pero además de eso algo tiene, ¿no? Un enorme pedrusco desgajado de la costa y sujeto a ella por ese estrecho paso —aseveró dirigiendo su vista hacia abajo disimulando una pequeña sensación de vértigo.
Los frailes le escrutaban de arriba abajo desconfiados.
—¿Acaso vosotros no oráis?
—A diario y varias veces a lo largo de la jornada —respondió su tio.
—Pues yo hoy siento esa misma necesidad. No sé si sabéis que está a punto de desatarse una guerra.
—¿Una guerra dices?
—¡Desde luego que vivís aislados del mundo! Sabed que el ejército de Alfonso se ha adentrado en nuestra tierra y lleva varias jornadas saqueando y esquilmando todo lo que encuentra a su paso. Ha llegado el momento de poner fin a tal felonía. Contar con un hombre con tanta experiencia guerrera como tú nos sería de gran ayuda.
—Esa ya no es vida para mí. Juré que nunca volvería a levantar un arma contra otro hombre y moriré si es preciso antes de quebrar mi promesa. Si has venido por ese motivo ya puedes darte la vuelta.
—Ya te he dicho que he venido aquí a recogerme.
Lope desvió la mirada dirigiéndola a una bandada de gaviotas que revoloteaban alrededor, incapaz de revelar que subía allí arriba a borrar de sí un recuerdo amargo.
Durante el poco tiempo que duró su vida en común con Íñiga, descubrió con ella el placer de subir a los montes por el puro placer de hacerlo. Recordó cómo ella le respondía cuando lo hacían:
—¿Subir esa montaña? ¿Pero por qué, Íñiga? Si es muy alta —le argumentaba intentando excusarse.
—¿Que por qué? —contestaba ella segura, aunque le gustaba mostrar cierto misticismo en su respuesta—. ¡Pues porque está ahí!
Poco antes de caer enferma le sugirió a su esposo subir a aquel trozo de tierra que flotaba en el mar. Lope le advertía de lo peligroso de hacerlo, lo que parecía entusiasmar más aún a la joven, y lo intentó ir posponiendo con la esperanza de que lo olvidaría. Al final, la enfermedad truncó ese y otros proyectos. Quizá por ello se había acercado hasta allí buscando cerrar un episodio inconcluso de su pasado.
Al día siguiente consentiría en su nuevo matrimonio con Dalda de Estíguiz, sellando así una alianza al desposarse con la hija de Sancho de Estíguiz, conde de Durango.
Los frailes percibieron cierta melancolía en el silencio del muchacho. El sol se acababa de poner y era hora de emprender el descenso.
—Nosotros nos vamos, ¿vas a quedarte aquí?
Lope asintió. Los frailes se miraron y se encogieron de hombros. Aun así le advirtieron.
—Ahora está la marea baja, es solo así cuando se puede cruzar el paso con tranquilidad. En cosa de una hora te será imposible regresar, así que advertido quedas.
Los frailes comenzaron el descenso. Su tío de sobra sabía que Lope no era como Fruiz ni tampoco como su madre. Sabía reconocer a los de su clase, y ese muchacho estaba destinado a dirigir a los demás. Sabía moverse hábil entre dos aguas y no ofender a nadie como para considerarlo enemigo y sí levantar simpatías como para tenerlo como aliado. Tales aspectos los sospechaba inculcados en el muchacho por la extranjera de su madre desde bastantes años atrás, antes de que él abandonase al suyo propio al cuidado de los frailes de Tabira.
De pequeños, Lope y Adelio fueron buenos amigos. Primos de una edad similar, coincidían por largas temporadas los meses estivales bien fuese en su propiedad de Arrazola o en la de sus cuñados cuando su esposa acudía a visitar a su hermano Fruiz, con el que mantenía una especial vinculación que a él le exasperaba. Siempre intuyó que Lope podría ser un notable caballero y, si el joven quería recogerse esa noche antes de entrar en combate, no sería él quien le impidiese llevarlo a cabo en aquel lugar tan especial que ya sentía como propio.
Desde lo alto Lope observó el descenso de los frailes y asistió complacido a cómo uno de ellos, no acertaba a distinguir si era el más grande de los dos, tomaba de las riendas a su caballo y lo dirigía hacia la parte trasera de la cabaña. Parecía que por allí descendía un pequeño reguero de agua y sin duda el animal estaría mejor guarecido de las inclemencias del tiempo. Pasados unos instantes, comenzó a elevarse un fino trazo de humo desde el tejado de la cabaña, y por un momento lamentó no estar al calor de la lumbre que los religiosos acababan de encender. A su alrededor no encontraría nada con lo que preparar una hoguera; además, tampoco llevaba yesca y pedernal para encender un fuego.
Echó un trago de agua, por lo menos en eso sí que había sido previsor, y dispuso una manta en el suelo buscando cobijo entre los muros que, aunque levantaban poco del suelo, le servirían para guarecerse del viento que se desataba cada vez con más fuerza.
Tumbado observaba el cielo, que ahora comenzaba a mostrar, a medida que oscurecía, los primeros astros de la noche. En ocasiones se preguntaba qué sentido tenían todas esas luces nocturnas, por qué estaban ahí y para qué demonios servirían. Nunca escuchó una respuesta que le convenciese. La mayoría de ellas le parecían fruto de la superstición. Quizás la más lógica fuese que estaban ahí para servir de orientación por la noche, pero para eso habría bastado con una docena de estrellas; por el contrario, allá arriba eran miles, cientos de miles quizás.
Volvían a su mente las dudas de los frailes cuando le mostraron sus sospechas de si no sería un pagano. Lo cierto es que al negarlo tampoco les mentía. Desde joven había sido educado de manera oculta por sus padres en el culto al credo real, como ellos lo llamaban, y durante mucho tiempo se sintió parte de él, especialmente cuando al crecer descubrió lo peligroso que era mantener esa doble vida, ser cristianos de puerta afuera y ser ellos mismos de puertas a dentro. Pero no estaban solos, había muchos que como sus padres no habían abrazado la fe cristiana. En cierta manera le habría gustado ser como ellos, pero se hacía demasiadas preguntas y, aunque siempre había una respuesta para todo en la boca de su padre, lo cierto es que más bien creía que eran argumentos para justificar lo que no se entendía. Y así, se convencía de que ni los cristianos, ni los musulmanes, ni los fieles al credo de la Dama sabían ciertamente entender el mundo.
Decidió disfrutar del instante relajando la vista y perdiéndola en el firmamento estrellado. Más abajo, las olas rompían en las cuevas y túneles que atravesaban el islote por su base provocando un estruendo tal que parecía que aquel enorme pedrusco estuviese siendo demolido por la fuerza del océano. (…) ”

 

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