Las hojas se caen para que les demos patadas

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Las hojas se caen para que les demos patadas

El tránsito entre Octubre y Noviembre está siendo agradable. Un anticiclón se nos ha quedado encima y nos está regalando días soleados y templados, ahora que creíamos que tardaríamos unos meses en disfrutar de un tiempo así.

Así que nos visitan mañanas soleadas, con cielos vacíos de nubes y un azul intenso que realza los colores del otoño, invitándonos a buscarlos por el monte, pero hay días en que el monte queda lejos, por eso un parque puede servir de sucedáneo mientras llegan días u horas en las que el monte se nos permita sentir mas cercano.

Y precísamente por un parque caminan dos de mujeres. A sus pasos las hojas secas que se han ido cayendo de chopos en su mayoría, van crujiendo en un cras cras constante. Por los caminos erráticos, de eses continuas que cruzan este lugar, las hojas secas, empujadas por la brisa de la noche, se han ido amontonando en las curvas mas pronunciadas, allí donde el césped se levanta en pequeñas pendientes para dar forma mas arriba a una pequeña colina, por allí cruzan las dos dando patadas a las hojas, levantando unos palmos del suelo una pequeña nube de hojas. Un tipo que está mas adelante sentando en un banco, deja de leer el libro que tiene entre manos y las mira, a el parece gustarle aquello, y de hecho no sabe porqué no hizo lo mismo hace unos minutos cuando pasó por ese mismo sitio y pensó en liarse a patadas con el montón de hojas.

Ahora las dos mujeres, una anciana y la otra mas joven, vamos a decir instalada en la cuarentena, abandonan la senda asfaltada y cruzan por una extensa porción de césped que casi no se ve, pues en esta parte las hojas secas forman una capa que lo ocultan. Pasan muy cerca del hombre sentado y este de reojo las mira, especialmente a la mujer mas joven, es muy guapa y mantiene un extraño acento extranjero en su conversación con la anciana.

Ellas, unos pasos mas adelante encuentran un banco y se sientan en el, un banco que precisamente el hombre, que ahora se olvida de ellas regresando a la lectura, había descartado por estar expuesto de pleno al sol, en cambio este que el lector ocupa, recibe la sombra de un par de chopos aunque estos ya empiezan a mostrarse famélicos, desprovistos de gran parte de sus hojas, por eso algunos tibios rayos de sol se cuelan entre sus ramas que no son ahora otra cosa que finas varas y claro, el lector cada pocos minutos va moviéndose de derecha a izquierda esquivando el tránsito del sol, buscando el alivio de la sombra, y así tiene intención de hacerlo hasta que llegue por fin al extremo del banco, cosa que no tardará mucho en suceder.

Pasa un rato, un rato siempre es un tiempo indeterminado, la única manera de medir el tiempo sin hacerlo en realidad, y durante ese rato los únicos sonidos que llegan de fondo son rumores. Rumores de coches lejanos que apenas llegan a un susurro, de la sirena de una fábrica que es identificada al momento por un par de jubilados que cruzan ante el lector diciendo “¡La una!,  siempre va un minuto adelantada”,  o el murmullo mas lejano aún de una bronca entre perros.

Estos sonidos y otros similares se van a alternando con espacios de silencio absoluto, con movimientos del lector esquivando al sol en su banco y ahora, porque hasta este momento no llegaban las voces del banco de las mujeres, con una voz que parece proclamar algo en alto con una entonación divertida.

La mujer mas joven, que a todas luces parece que se trata de una persona que está al cuidado de la señora anciana, está sentada en mitad del banco. A su lado la viejita la mira divertida porque su acompañante que la acompaña recostada hacia atrás en el respaldo, dejando que sus brazos abiertos, sus piernas extendidas y su cabeza ligeramente echada hacia detrás, reciban de lleno el abrazo del sol, que con su luminosidad resalta aún mas el rubio de sus cabellos y su piel blanca, se ha puesto decía a recitar a viva voz unos versos a los que la mujer mayor presta toda su atención con una sincera sonrisa, aunque ni ella ni el lector que está próximo pueden entender lo que dice porque lo hace en su lengua que parece un idioma del este de Europa.

A la vez que recita, mueve la cabeza de un lado a otro, exagerando intencionadamente la puesta en escena de aquellas estrofas que al hombre que leía se le ocurre que quizá traten o vayan acorde con ese preciso instante. Puede que esos versos clamen a la luz, al sol, puede que al amor o puede que a la vida, así se lo imagina al tiempo que ella recita, intentando otorgar gravedad y simpatía por igual en su representación.

El sol ahora si que castiga de lleno al lector, así que este decide cerrar el libro y echar a caminar, además, hace rato ya que dejó de prestar atención a lo que contaba el libro y camina guardando su libro en un pequeño bolso justo por delante de las dos mujeres. La cara de la anciana es de diversión, seguro que se lo pasa bien con la que parece su cuidadora, y tiene la impresión el lector, de que la otra por su parte, la corresponde con dedicación y respeto, no en vano le está recitando un poema.

Las miradas del lector y de la recitadora se cruzan un momento, el sigue pensando que ella es muy guapa, y ella…  ella seguro que no ha reparado para nada en el, porque ahora empieza a hablar con su compañera de banco y las oye reírse mientras se aleja.

El camino para salir del parque, da un giro de 180 grados para ir ascendiendo por una suave pendiente, ahora, aunque mas alejado, vuelve a pasar por delante del banco de ellas. Con la complicidad para no ser observado que otorga la distancia, se detiene y descubre a la rubia extranjera con la manos de la mujer mayor entre las suyas, mientras le va enseñando las estrofas de una canción en su idioma.

Se trata de frases cortas que la anciana repite entonándolas con la música que quien se la enseña le propone desde su voz, podría ser una canción infantil,  bien podría.

Podrían pasar por ser dos crías que están ensañando una canción para después cantarlas juntas, bien podría ser.

O podría ser que con ese juego, las dos solas, separadas por la gran barrera de años que distancia una generación de otra, que cada una a su manera, quien sabe si empujadas por el temple de esta mañana de otoño, rememoran algún recuerdo agradable, para una puede que esté alejado por los años, para la otra por la distancia a un hogar o a una vida, que en algún momento se quedó esperando en otro parque muy parecido a este, en una mañana tal cual a esta, con el mismo sol y brisa templada. Bien podría.

Y así, de nuevo retoma el paso el lector, las voces de la canción que las dos ensayan se van haciendo mas débiles y lejanas y empieza este hombre a darle vueltas a todas esas cosas que ha observado en los últimos minutos, seguro de que cuando llegue a casa se pondrá a escribirlas como ahora hace.

Sin buscarle demasiado el sentido, quizá porqué le agrada pensar que aquella mujer era tan hermosa por fuera como por dentro, a tenor de que convertía su trabajo en un espacio de verdadera compañía para aquella señora tan mayor.

Y terminará contando, cuando lo escriba y lo cuente, que aquellas dos mujeres con su espontaneidad y sus juegos, eclipsaron ese sol del que todo el mundo decía que era una maravilla, esa mañana de otoño.

 

Sin comentarios hasta ahora.

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